martes, 2 de julio de 2013
lunes, 17 de junio de 2013
La claridad
Sin algo que hacer salvo esperar me hice una casa blanca junto a la playa y a la casa le hice una terraza amplia donde poder tender mis telas blancas.
Por la tarde me entretengo haciendo agitar la cuerda de mi tendedero, que está hecha del nylon que usaron para pescar.
Tenso y suelto la cuerda y la cuerda se agita primero con frenesí y luego se va parando.
Que la cuerda se detenga demuestra que pasa el tiempo.
Y cuando veo el sol salir, desde esta misma terraza, me pregunto si queda un día menos para verte o estás un día más lejos.
Tuve dos fases, una en la que mi felicidad no era tal porque me dominaba la certeza de que se acabaría. Como cuando en julio empiezan a hacerse los días más cortos.
Y otra en la que mi tristeza no era tal porque cada segundo le descontaba vigencia.
En mi terraza blanca, en la cal de la pared, en el mediodía que me ciega y quema, no hay fases.
Es nítido todo, como el color mi amor por ti.
Pero no sé si viene o va. Como las mareas que me confundieron que son como cuerdas que se tensan, agitan y paran. Es borroso todo.
Entonces no sé si hallaré un ocaso o un amanecer.
Si todo este blanco es un esqueleto.
Por la tarde me entretengo haciendo agitar la cuerda de mi tendedero, que está hecha del nylon que usaron para pescar.
Tenso y suelto la cuerda y la cuerda se agita primero con frenesí y luego se va parando.
Que la cuerda se detenga demuestra que pasa el tiempo.
Y cuando veo el sol salir, desde esta misma terraza, me pregunto si queda un día menos para verte o estás un día más lejos.
Tuve dos fases, una en la que mi felicidad no era tal porque me dominaba la certeza de que se acabaría. Como cuando en julio empiezan a hacerse los días más cortos.
Y otra en la que mi tristeza no era tal porque cada segundo le descontaba vigencia.
En mi terraza blanca, en la cal de la pared, en el mediodía que me ciega y quema, no hay fases.
Es nítido todo, como el color mi amor por ti.
Pero no sé si viene o va. Como las mareas que me confundieron que son como cuerdas que se tensan, agitan y paran. Es borroso todo.
Entonces no sé si hallaré un ocaso o un amanecer.
Si todo este blanco es un esqueleto.
martes, 4 de junio de 2013
La Sal
En la playa hay cuatro temperamentos y uno es el de invierno.
En un temperamento de invierno llevé a la playa mi alma especulativa para ponerla frente al espejo de la orilla. En el espejo divisé una línea y no supe ver si era una grieta del agua o una cicatriz en mi mejilla de aquella herida que me hizo tu primer beso.
También vi el cabello deshilachado sobre mi frente, o acaso eran algas en el agua, y entre esa maraña se agitaba una tribu de remordimientos. Y chillaban y no sé si el chillido era la espuma de las olas que rompían o los ecos de las noches que no dormí.
Y en la orilla vi reflejados mis ojos que reflejaban la orilla en la que se reflejaban mis ojos. En el fondo de esa imagen intuí la cirugía del silencio y preferí parpadear para que el agua perdiera su turbiedad.
Y en la superficie de esa competición de espejos refulgían los momentos sentidos y no supe si aquello era el reflejo del sol o el brillo poderoso que una vez, aquella vez, le extrajiste a mi alma.
Entonces el mar se llenó de lágrimas y comprendí por qué es salado.
En un temperamento de invierno llevé a la playa mi alma especulativa para ponerla frente al espejo de la orilla. En el espejo divisé una línea y no supe ver si era una grieta del agua o una cicatriz en mi mejilla de aquella herida que me hizo tu primer beso.
También vi el cabello deshilachado sobre mi frente, o acaso eran algas en el agua, y entre esa maraña se agitaba una tribu de remordimientos. Y chillaban y no sé si el chillido era la espuma de las olas que rompían o los ecos de las noches que no dormí.
Y en la orilla vi reflejados mis ojos que reflejaban la orilla en la que se reflejaban mis ojos. En el fondo de esa imagen intuí la cirugía del silencio y preferí parpadear para que el agua perdiera su turbiedad.
Y en la superficie de esa competición de espejos refulgían los momentos sentidos y no supe si aquello era el reflejo del sol o el brillo poderoso que una vez, aquella vez, le extrajiste a mi alma.
Entonces el mar se llenó de lágrimas y comprendí por qué es salado.
jueves, 23 de mayo de 2013
El cantante amnésico
A la playa llegó un cantante que se había olvidado de sus canciones.
-"No encuentro mis palabras", le había dicho al doctor.
Y el doctor le dio hilo, dedal y aguja para coser los bolsillos sentimentales. Y le recetó la playa para evocar sus inspiraciones pasadas.
Con el relato del Minotauro en las rodillas, el cantante reconoció su infancia en un sol obeso y de color fuego que se sumergía en el horizonte marino. Y de esa inmersión le brotaron las canciones de la niña que chapoteaba en la orilla con risa de collar de perlas transparentes. Y así se durmió.
En el amanecer del mismo sol, ahora vainilla y tímido, el cantante evocó las canciones de los futuros soñados y la imaginación de la cabellera castaña que le invadiría la almohada y los ojos como nueces que le sonreirían los buenos días.
Y a la noche siguiente, en la luna creciente se espejearon todos los estribillos resumidos en Ti.
-"No encuentro mis palabras", le había dicho al doctor.
Y el doctor le dio hilo, dedal y aguja para coser los bolsillos sentimentales. Y le recetó la playa para evocar sus inspiraciones pasadas.
Con el relato del Minotauro en las rodillas, el cantante reconoció su infancia en un sol obeso y de color fuego que se sumergía en el horizonte marino. Y de esa inmersión le brotaron las canciones de la niña que chapoteaba en la orilla con risa de collar de perlas transparentes. Y así se durmió.
En el amanecer del mismo sol, ahora vainilla y tímido, el cantante evocó las canciones de los futuros soñados y la imaginación de la cabellera castaña que le invadiría la almohada y los ojos como nueces que le sonreirían los buenos días.
Y a la noche siguiente, en la luna creciente se espejearon todos los estribillos resumidos en Ti.
lunes, 13 de mayo de 2013
lunes, 6 de mayo de 2013
Tratamiento de Tú
En ocasiones la playa es visitada por alguien que viene a curarse.
El cielo es eterno y el tiempo no pasa porque los amaneceres son réplicas de sí mismos.
Ella sufría lo que los médicos habían denominado síndrome de la prontonostalgia, una afección única, singular y extraordinaria consistente en que añoraba con dolor lo que acababa de suceder.
Después de apurar una copa echaba de menos la sed y le entristecía no tener en la boca el filete recién degustado. Quería dormir cuando estaba despierta y soñaba con estar despierta. Añoraba lo salado cuando tenía lo dulce.
Cuando hacía el amor suspiraba por el preámbulo y cuando había terminado se moría por estar haciendo el amor. Cuando estaba viendo la película desearía tener entre sus manos el libro. Cuando leía el libro quería estar en la librería mirando a los ojos del dependiente. Cuando había estado mirando a los ojos del dependiente su deseo se había centrado en el sabor del café que había bebido justo antes, cuando hablaba con su amiga del Porvenir. Su amiga le dijo que fuese al médico.
"No puedo olvidarme de mi memoria", le tuvo que decir al doctor Rem, y en ese momento su memoria estaba echando de menos el artículo sobre labios-joya que había leído en la sala de espera. Y el médico le recetó un disco rayado y le ordenó que viniese a la playa.
Le dijo que viniese a la playa porque aquí todo está a su alcance y cuando una ola se ha ido ya está la siguiente. De noche las ascuas del fuego que prepara el farero mantienen latente el calor del sol. De día la noche está anunciándose en los pozos que abren las pulguitas de mar. De la arena al mar y del mar a la arena se pasa del calor al frío. Los peces fosforito son ácidos como amarga es la sirena del buque en la niebla. El sabor de la comida no pasa ni fluye sino que reside. La bebida es vida y la vida es permanente.
Hay amantes a todas horas y en todas las estaciones y una escuela de multiorgasmo y se puede elegir siempre al mismo monitor.
El cielo es eterno y el tiempo no pasa porque los amaneceres son réplicas de sí mismos.
Así que ella llegó y metió un dedo del pie en la orilla y lo sacó por el respingo de frío y lo volvió a meter para sentir el mismo frío.
Y así ha pasado varias horas.
Y así ha pasado varias horas.
viernes, 3 de mayo de 2013
El Pintor dice.
"Es un día claro y neutro. No sopla viento y el mar está plano y no hay nubes y el sol está entre el amanecer y el mediodía. Sólo hay mar, línea del horizonte, cielo y sol. Puedo hacer alguna nube que añada contraste al firmamento y me permita difuminar la luz y filtrar por ahí rayos de sol como escaleras hacia el Cielo. Puedo hacer algunas rocas marinas y así variar la tonalidad oceánica. Puedo meter pájaros que sugieran símbolos y sonidos. Puedo hacer espuma en la orilla que sugiera el ciclo de la vida. Puedo hacer un niño con una caracola al oído y la brisa agitándole el cabello y un bañador fosforito.
Y cuantos más elementos añada, menos dirá el cuadro".
Y cuantos más elementos añada, menos dirá el cuadro".
La Tinta
Una vez llegó a la playa uno que tenía una prosa cautivadora y estaba tan enamorado que necesitaba torrentes de tinta y le habían comentado que encontraría materia abundante en los calamares que calamarean en la ensenada.
Tanta tinta halló y tan enamorado estaba que en la playa se quedó para siempre.
Tanta tinta halló y tan enamorado estaba que en la playa se quedó para siempre.
domingo, 28 de abril de 2013
Meteoros
A la playa viene a diario un Pintor que siempre pinta el mismo cuadro y en su cuadro el horizonte está cada día más cerca.
"El pasado es un elástico que se estira y el porvenir un elástico que se aproxima", le sugirió una vez a una ostra atenta.
Y durante algunos periodos la playa es tropical y cuando llueve torrencialmente a veces yo busco una de las grutas y en una de ellas hay una mesa y un reloj de arena y una máquina de escribir con un folio inserto.
La cintura del reloj me recuerda a ti.
En el folio hay escrita una frase: "Al final esta historia no será como la había pensado".
Me recuerda a aquella pareja que habitó la playa. Él se levantaba muy temprano para salir a la faena y escribía para ella una frase en la orilla. Cuando ella despertaba la marea había borrado la frase. Ella nunca conoció la frase y él nunca descubrió que ella tenía amantes. Él llegaba por la noche con los brazos cansados y ella le había hecho un perfume marino. Todo el día haciendo el perfume. Pero tan cansado llegaba él que cuando se destapaba el frasco ya se había dormido.
Y durante algunos periodos la playa es mediterránea y me quedo toda la noche al raso con la esperanza de que al contemplar el amanecer el horizonte no se habrá aproximado.
En una de esas fases mediterráneas se instaló en la playa un biólogo que era partidario de la propiedad conmutativa. Y usó las propiedades de las estrellas de mar, que regeneran los brazos que pierden, para dar cura a las aletas de los delfines que se lesionan con las redes de los marineros. Y se corrió la voz y todos los delfines querían venir a curarse a la playa. Entonces el biólogo partidario de la propiedad conmutativa pensó la conveniencia de hacer un gran faro-reclamo que indicara el lugar de la playa. Para construir semejante luz se le ocurrió recurrir a las propiedades fosforescentes de las medusas.
"La luz de mi faro-reclamo se divisará desde más allá del horizonte".
Y acudió a buscarlas y tan fascinado quedó con la fluorescencia de un ejemplar de brillantez añil que fue rozado en el pecho y ello le hirió de muerte el corazón porque la belleza sublime tiene estas cosas.
Y en ocasiones la playa tiene inviernos nórdicos en los que el sol no sale. A uno de ellos llegó una estudiante con insomnio convencida de que la oscuridad permanente sanaría su problema. Con paciencia acumuló esponjas marinas para fabricar un lecho sin techo y se tumbó y cuando había decidido que podría cerrar los ojos descubrió que uniendo estrellas podía dibujar el laberinto que la sacaría del insomnio. Pero era una trampa del Cielo, que quería retenerla en aquella noche parada, y el laberinto se complicó tanto que la estudiante quedó ciega al prender la vista en un meteorito y entonces sí pudo dormir.
Y cuando recuerdo todas estas cosas decido escribir. Y voy a la gruta e intento quitar el folio de la máquina con cuidado para hacer mi propia Historia. Y entonces siempre me pasa que la tinta de la frase del folio se desparrama por la gruta y tengo miedo y tengo que agarrarme al reloj de arena.
Y le cojo de la cintura.
"El pasado es un elástico que se estira y el porvenir un elástico que se aproxima", le sugirió una vez a una ostra atenta.
Y durante algunos periodos la playa es tropical y cuando llueve torrencialmente a veces yo busco una de las grutas y en una de ellas hay una mesa y un reloj de arena y una máquina de escribir con un folio inserto.
La cintura del reloj me recuerda a ti.
En el folio hay escrita una frase: "Al final esta historia no será como la había pensado".
Me recuerda a aquella pareja que habitó la playa. Él se levantaba muy temprano para salir a la faena y escribía para ella una frase en la orilla. Cuando ella despertaba la marea había borrado la frase. Ella nunca conoció la frase y él nunca descubrió que ella tenía amantes. Él llegaba por la noche con los brazos cansados y ella le había hecho un perfume marino. Todo el día haciendo el perfume. Pero tan cansado llegaba él que cuando se destapaba el frasco ya se había dormido.
Y durante algunos periodos la playa es mediterránea y me quedo toda la noche al raso con la esperanza de que al contemplar el amanecer el horizonte no se habrá aproximado.
En una de esas fases mediterráneas se instaló en la playa un biólogo que era partidario de la propiedad conmutativa. Y usó las propiedades de las estrellas de mar, que regeneran los brazos que pierden, para dar cura a las aletas de los delfines que se lesionan con las redes de los marineros. Y se corrió la voz y todos los delfines querían venir a curarse a la playa. Entonces el biólogo partidario de la propiedad conmutativa pensó la conveniencia de hacer un gran faro-reclamo que indicara el lugar de la playa. Para construir semejante luz se le ocurrió recurrir a las propiedades fosforescentes de las medusas.
"La luz de mi faro-reclamo se divisará desde más allá del horizonte".
Y acudió a buscarlas y tan fascinado quedó con la fluorescencia de un ejemplar de brillantez añil que fue rozado en el pecho y ello le hirió de muerte el corazón porque la belleza sublime tiene estas cosas.
Y en ocasiones la playa tiene inviernos nórdicos en los que el sol no sale. A uno de ellos llegó una estudiante con insomnio convencida de que la oscuridad permanente sanaría su problema. Con paciencia acumuló esponjas marinas para fabricar un lecho sin techo y se tumbó y cuando había decidido que podría cerrar los ojos descubrió que uniendo estrellas podía dibujar el laberinto que la sacaría del insomnio. Pero era una trampa del Cielo, que quería retenerla en aquella noche parada, y el laberinto se complicó tanto que la estudiante quedó ciega al prender la vista en un meteorito y entonces sí pudo dormir.
Y cuando recuerdo todas estas cosas decido escribir. Y voy a la gruta e intento quitar el folio de la máquina con cuidado para hacer mi propia Historia. Y entonces siempre me pasa que la tinta de la frase del folio se desparrama por la gruta y tengo miedo y tengo que agarrarme al reloj de arena.
Y le cojo de la cintura.
jueves, 25 de abril de 2013
El Intercambio
Coincidiendo con una media luna perfecta coincidieron en la playa un Sedentario y un Nómada que se habían carteado por mar. El uno le regaló al otro un ancla y el otro le trajo al uno un bumerán.
Liberada la tensión inicial, era aquella una noche plácida para concebir planes y ellos concibieron el de intercambiar identidades. Usaron el barro de la playa para fabricar sendos moldes y máscaras de sus respectivos rostros, más liso el del Sedentario, curtido el del Nómada.
Su iniciativa deparó resultados inmediatos.
En su papel de Sedentario impostor, el Nómada introdujo en el pueblo sedentario la idea del Turismo y florecieron de inmediato industrias e intercambios y le nombraron alcalde. Y como alcalde cambió la brújula inmóvil del campanario por un reloj de Sol.
El Sedentario, en su aventura de falso Nómada, contó un cuento con el que enseñó a los nómadas a soñar en vez de dormir y por ello le hicieron una estatua y para hacer la estatua hubo que decidir un lugar y para cuidar el lugar hubo que establecer una ciudad.
Y el Nómada toma vacaciones cada año y da un viaje por el Mundo. Y coincidiendo con ese mes el Sedentario acude a su viejo pueblo.
Ninguno podría distinguir si se le cayó la máscara.
Liberada la tensión inicial, era aquella una noche plácida para concebir planes y ellos concibieron el de intercambiar identidades. Usaron el barro de la playa para fabricar sendos moldes y máscaras de sus respectivos rostros, más liso el del Sedentario, curtido el del Nómada.
Su iniciativa deparó resultados inmediatos.
En su papel de Sedentario impostor, el Nómada introdujo en el pueblo sedentario la idea del Turismo y florecieron de inmediato industrias e intercambios y le nombraron alcalde. Y como alcalde cambió la brújula inmóvil del campanario por un reloj de Sol.
El Sedentario, en su aventura de falso Nómada, contó un cuento con el que enseñó a los nómadas a soñar en vez de dormir y por ello le hicieron una estatua y para hacer la estatua hubo que decidir un lugar y para cuidar el lugar hubo que establecer una ciudad.
Y el Nómada toma vacaciones cada año y da un viaje por el Mundo. Y coincidiendo con ese mes el Sedentario acude a su viejo pueblo.
Ninguno podría distinguir si se le cayó la máscara.
miércoles, 24 de abril de 2013
La búsqueda
Primero había percibido que empezaba a necesitar. Luego la sensación se hizo evidente. Entonces empezó a buscar. Y continuó buscando. Y como buscaba tanto no encontraba nada.
Así que un día decidió explorar un cenote que carecía de mapa conocido.
Se lanzó a pulmón y con el cinturón de plomo y la consigna de que existe una luz que nunca se apaga y ahí desembocan todas las salidas.
Y cuando saltó, un sapo que reposaba en el borde del acantilado del cenote le había dicho: "si lo que quieres es salir, para qué entras".
Y fue una pregunta grave.
Aunque llevaba tanto buscando y aunque su desasosiego no cesaba de comenzar, sus expectativas eran altas. Nadaba hacia lo más profundo, perdiendo aire a cada brazada, con las más altas aspiraciones. Su expectativa era tal, que sólo cabía el fracaso.
Pero aunque le iba fatal, él no era fatalista.
En la superficie el cenote tenía el diámetro de un cráter lunar. Pero en su curso descendente él apreció pronto que la forma era de embudo. Como el cuello de las botellas verdes donde había lanzado tantos mensajes vanos.
Más que un pozo, aquello era el sumidero de sus derrotas.
Cuando el aire empieza a escasear en los pulmones dentro del cuerpo empieza a sonar una sirena y a medida que se estrechaban las paredes del camino se hacía más fría el agua y la luz procedente de la superficie se debilitaba. Fue entonces cuando consiguió asir la cola de una anguila que nadaba a la cola de un banco de anguilas.Se quitó el plomo y cerró los ojos, que es la forma de abrir los sueños cuando la realidad nos resulta esquiva.
Quizás necesitaba hundirse para salir.
Las anguilas aspiran a la velocidad del Rayo y eso le favoreció porque las sirenas parecían ya un disco de rap de los ochenta y sentía en la boca el sabor de la sangre que sienten los corredores de supermaratones.
"Si a los 175 kilómetros no notas sabor a sangre, es que estás corriendo mal", le había dicho uno.
La oscuridad del párpado cerrado empezó a remitir: el párpado visto por dentro tomó el color naranja que delata el contacto con la luz.
Él siempre había soñado con cielos de color naranja.
Abrió un ojo, divisó una superficie, soltó la cola de la anguila y aleteó. Y cuando llegó, sólo había otros como él. Había encontrado el aire sin buscarlo.
Así que un día decidió explorar un cenote que carecía de mapa conocido.
Se lanzó a pulmón y con el cinturón de plomo y la consigna de que existe una luz que nunca se apaga y ahí desembocan todas las salidas.
Y cuando saltó, un sapo que reposaba en el borde del acantilado del cenote le había dicho: "si lo que quieres es salir, para qué entras".
Y fue una pregunta grave.
Aunque llevaba tanto buscando y aunque su desasosiego no cesaba de comenzar, sus expectativas eran altas. Nadaba hacia lo más profundo, perdiendo aire a cada brazada, con las más altas aspiraciones. Su expectativa era tal, que sólo cabía el fracaso.
Pero aunque le iba fatal, él no era fatalista.
En la superficie el cenote tenía el diámetro de un cráter lunar. Pero en su curso descendente él apreció pronto que la forma era de embudo. Como el cuello de las botellas verdes donde había lanzado tantos mensajes vanos.
Más que un pozo, aquello era el sumidero de sus derrotas.
Cuando el aire empieza a escasear en los pulmones dentro del cuerpo empieza a sonar una sirena y a medida que se estrechaban las paredes del camino se hacía más fría el agua y la luz procedente de la superficie se debilitaba. Fue entonces cuando consiguió asir la cola de una anguila que nadaba a la cola de un banco de anguilas.Se quitó el plomo y cerró los ojos, que es la forma de abrir los sueños cuando la realidad nos resulta esquiva.
Quizás necesitaba hundirse para salir.
Las anguilas aspiran a la velocidad del Rayo y eso le favoreció porque las sirenas parecían ya un disco de rap de los ochenta y sentía en la boca el sabor de la sangre que sienten los corredores de supermaratones.
"Si a los 175 kilómetros no notas sabor a sangre, es que estás corriendo mal", le había dicho uno.
La oscuridad del párpado cerrado empezó a remitir: el párpado visto por dentro tomó el color naranja que delata el contacto con la luz.
Él siempre había soñado con cielos de color naranja.
Abrió un ojo, divisó una superficie, soltó la cola de la anguila y aleteó. Y cuando llegó, sólo había otros como él. Había encontrado el aire sin buscarlo.
viernes, 19 de abril de 2013
Otra Playa
A veces acudo a Otra Playa.
La conocí joven y la primera vez acudí con amigos. Cuando llegamos se produjo una algarabía porque éramos jóvenes y la playa, inmensa, estaba sin estrenar.
Fueron todos y eufóricos al agua de transparencia turquesa y salitre templado. Fueron pero yo no porque estaba algo malito. Antes del viaje se me había desprendido un cachito de corazón de esos que, aprendí luego, sólo se desprenden en verano.
-Eso se regenera, había dicho el médico. Pero evita el frío.
Todos jugaban en el mar y yo estaba con los codos apoyados en la arena, las rodillas altas, el sol de frente. Entonces aparecieron dos chicas de paseo descalzo y se sentaron a mi lado para preguntarme sobre las banalidades más bonitas que había escuchado.
Y por eso supongo que me gusta volver a Otra Playa.
Y ese día no pude contestar porque alguno desde el mar vio a las chicas y todos se apresuraron hacia nuestro encuentro y ahí se borra mi recuerdo como en el primer minuto vespertino de la tarde veraniega se difumina la línea que separa el mar del cielo.
La conocí joven y la primera vez acudí con amigos. Cuando llegamos se produjo una algarabía porque éramos jóvenes y la playa, inmensa, estaba sin estrenar.
Fueron todos y eufóricos al agua de transparencia turquesa y salitre templado. Fueron pero yo no porque estaba algo malito. Antes del viaje se me había desprendido un cachito de corazón de esos que, aprendí luego, sólo se desprenden en verano.
-Eso se regenera, había dicho el médico. Pero evita el frío.
Todos jugaban en el mar y yo estaba con los codos apoyados en la arena, las rodillas altas, el sol de frente. Entonces aparecieron dos chicas de paseo descalzo y se sentaron a mi lado para preguntarme sobre las banalidades más bonitas que había escuchado.
Y por eso supongo que me gusta volver a Otra Playa.
Y ese día no pude contestar porque alguno desde el mar vio a las chicas y todos se apresuraron hacia nuestro encuentro y ahí se borra mi recuerdo como en el primer minuto vespertino de la tarde veraniega se difumina la línea que separa el mar del cielo.
jueves, 18 de abril de 2013
Las dudas
No sé qué hacer y el presente es todo lo que cuenta.
Cuando era totalmente niño mi padre era marinero, o quizás pescador, y pasaba largas temporadas en el mar y escaso tiempo en el pueblo. Cada vez que venía traía un regalo exótico para mí hasta que una vez en lugar del presente me dio dinero. Ésa fue la primera vez que no supe qué hacer.
Consideré comprar una mascota, acaso un centollo, pero descubrí que me resultaría difícil cuidarlo. Pensé en comerme un cartucho de burgados con su correspondiente alfiler para sacarlos y todo el sabor del mar encapsulado pero me nació el inconveniente de que después de comer no me quedaría adquisición. Contemplé invitar a alguien a una horchata pero me surgió la duda de que eso molestaría a otro alguien y podría perder una amistad.
Y así pasé el sábado, dando vueltas por las calles del pueblo y sin saber qué hacer. Justo cuando llamaba la Aurora, que era la señora que me cuidaba, me cegó el reflejo de un ancla dorada que colgaba del cuello de la única dependienta de la única tienda del pueblo. Le pregunté si me la vendía y descubrí dos cosas: que me la vendía y que se me daría bien conseguir lo que pidiera.
Así que volví con mi ancla y de inmediato se la ofrecí a mi padre.
-"Con un ancla te quedarás aquí anclado".
Ése fue el primer plan de mi Vida.
Él la cogió y seguro que dijo algo. Pero al poco tuvo que marchar. Y se olvidó del ancla. Entonces yo me enfadé y busqué un lugar en la playa y allí la enterré junto al dinero que me había sobrado.
Y hoy no sé qué hacer. Podría conducir hacia el este, donde hay Otro Pueblo donde las señoras me conocen y aún me llaman "niño". Podría dirigirme al norte, donde no se beben Gin Tonics y la fideua es con alioli. Podría ir a la siguiente cala, donde las Musas ocupan las terrazas y sus miradas me servirían para confeccionar un poemario. Podría escribirte una carta y lanzarla en una botella azul porque aunque sin Fe sí creo en el Destino. Podría navegar hacia el sur, pero entonces mi playa dejaría de ser el Sur. Podría dormir para poder hacer una hoguera de noche pero entonces soñaría contigo y eso me da miedo de mí mismo. Podría convocar a alguien pero eso siempre acaba en desastre. Podría planificar mi semana pero entonces no cuajará nada de lo que planifique. Podría pescar un atún y devolverlo al Mar pero entonces le contaría a los demás mi secreto para pescar atunes.
Cuando no sé qué hacer siempre es igual y al final acudo a mi lugar en la playa y saco el ancla.
Entonces me pongo triste y escribo este texto.
Cuando era totalmente niño mi padre era marinero, o quizás pescador, y pasaba largas temporadas en el mar y escaso tiempo en el pueblo. Cada vez que venía traía un regalo exótico para mí hasta que una vez en lugar del presente me dio dinero. Ésa fue la primera vez que no supe qué hacer.
Consideré comprar una mascota, acaso un centollo, pero descubrí que me resultaría difícil cuidarlo. Pensé en comerme un cartucho de burgados con su correspondiente alfiler para sacarlos y todo el sabor del mar encapsulado pero me nació el inconveniente de que después de comer no me quedaría adquisición. Contemplé invitar a alguien a una horchata pero me surgió la duda de que eso molestaría a otro alguien y podría perder una amistad.
Y así pasé el sábado, dando vueltas por las calles del pueblo y sin saber qué hacer. Justo cuando llamaba la Aurora, que era la señora que me cuidaba, me cegó el reflejo de un ancla dorada que colgaba del cuello de la única dependienta de la única tienda del pueblo. Le pregunté si me la vendía y descubrí dos cosas: que me la vendía y que se me daría bien conseguir lo que pidiera.
Así que volví con mi ancla y de inmediato se la ofrecí a mi padre.
-"Con un ancla te quedarás aquí anclado".
Ése fue el primer plan de mi Vida.
Él la cogió y seguro que dijo algo. Pero al poco tuvo que marchar. Y se olvidó del ancla. Entonces yo me enfadé y busqué un lugar en la playa y allí la enterré junto al dinero que me había sobrado.
Y hoy no sé qué hacer. Podría conducir hacia el este, donde hay Otro Pueblo donde las señoras me conocen y aún me llaman "niño". Podría dirigirme al norte, donde no se beben Gin Tonics y la fideua es con alioli. Podría ir a la siguiente cala, donde las Musas ocupan las terrazas y sus miradas me servirían para confeccionar un poemario. Podría escribirte una carta y lanzarla en una botella azul porque aunque sin Fe sí creo en el Destino. Podría navegar hacia el sur, pero entonces mi playa dejaría de ser el Sur. Podría dormir para poder hacer una hoguera de noche pero entonces soñaría contigo y eso me da miedo de mí mismo. Podría convocar a alguien pero eso siempre acaba en desastre. Podría planificar mi semana pero entonces no cuajará nada de lo que planifique. Podría pescar un atún y devolverlo al Mar pero entonces le contaría a los demás mi secreto para pescar atunes.
Cuando no sé qué hacer siempre es igual y al final acudo a mi lugar en la playa y saco el ancla.
Entonces me pongo triste y escribo este texto.
martes, 16 de abril de 2013
La Señal
Alguien escribió sobre la orilla mojada: "Es un mundo esférico pero mis ojos sólo miran hacia delante".
Desde la playa se divisa una peña.
Y dos amantes se veían allí. Él llegaba antes porque ella era una señorita y a las señoritas hay que esperarlas.
Se tiraba al mar de noche y su espalda reflejaba la luna mientras brazeaba hacia la roca y luego su presencia se reflejaba desde la peña porque allí colocaba un espejo verde botella.
Ella veía la señal desde su torreón y llegaba a la playa con el Sol de mediodía y una doncella. Luego se preparaba en el resquicio del acantilado y cuando se lanzaba a nadar todos apartaban la mirada, incluso los cangrejos de ojos saltones, hasta los besugos, porque ella era una dama y no procedía verla.
Se veían en la peña porque allí no hay miradas.
Y no usaban protección porque no les importaba quemarse.
Ya dijo uno que es preferible quemarse a desvanecerse.
Y el rito se repitió durante algunos veranos hasta que una noche tormentosa, porque todos los veranos tienen alguna, coincidió con una de las zambullidas de él.
Su determinación era fuerte y eso fue peor. Ya dijo otro, o acaso el mismo, que lo mismo que te hace vivir puede matarte al final. No nades cuanto te mareas, mucho menos contra la marea.
Cuando ella llegó a la playa el mar estaba manso como le corresponde después de una tormenta. Cuando muere alguien en la tormenta, el mar está especialmente manso y se diría que arrepentido aunque el mar no tiene de qué.
Ella hizo su rito pero esta vez todos la miraron como se mira finalmente a los ojos de las reinas cuando desfilan un luto.
Y ella siguió volviendo a la peña y con el rumor de las olas aparecieron otros visitantes y como mantuvo la costumbre de no protegerse acabó teniendo unos hijos que después correrían por las calles del pueblo, los pies también huérfanos, habiendo heredado sonrisas aristocráticas. Chillaban desde lo alto de la cuesta: "no nades cuando te mareas".
El tiempo engulliría todo menos a la peña y la doncella, que sigue acudiendo a la playa en su ancianidad la víspera de cada noche veraniega de tormenta.
Se sienta y mira hacia delante, acaso esperando un reflejo.
Desde la playa se divisa una peña.
Y dos amantes se veían allí. Él llegaba antes porque ella era una señorita y a las señoritas hay que esperarlas.
Se tiraba al mar de noche y su espalda reflejaba la luna mientras brazeaba hacia la roca y luego su presencia se reflejaba desde la peña porque allí colocaba un espejo verde botella.
Ella veía la señal desde su torreón y llegaba a la playa con el Sol de mediodía y una doncella. Luego se preparaba en el resquicio del acantilado y cuando se lanzaba a nadar todos apartaban la mirada, incluso los cangrejos de ojos saltones, hasta los besugos, porque ella era una dama y no procedía verla.
Se veían en la peña porque allí no hay miradas.
Y no usaban protección porque no les importaba quemarse.
Ya dijo uno que es preferible quemarse a desvanecerse.
Y el rito se repitió durante algunos veranos hasta que una noche tormentosa, porque todos los veranos tienen alguna, coincidió con una de las zambullidas de él.
Su determinación era fuerte y eso fue peor. Ya dijo otro, o acaso el mismo, que lo mismo que te hace vivir puede matarte al final. No nades cuanto te mareas, mucho menos contra la marea.
Cuando ella llegó a la playa el mar estaba manso como le corresponde después de una tormenta. Cuando muere alguien en la tormenta, el mar está especialmente manso y se diría que arrepentido aunque el mar no tiene de qué.
Ella hizo su rito pero esta vez todos la miraron como se mira finalmente a los ojos de las reinas cuando desfilan un luto.
Y ella siguió volviendo a la peña y con el rumor de las olas aparecieron otros visitantes y como mantuvo la costumbre de no protegerse acabó teniendo unos hijos que después correrían por las calles del pueblo, los pies también huérfanos, habiendo heredado sonrisas aristocráticas. Chillaban desde lo alto de la cuesta: "no nades cuando te mareas".
El tiempo engulliría todo menos a la peña y la doncella, que sigue acudiendo a la playa en su ancianidad la víspera de cada noche veraniega de tormenta.
Se sienta y mira hacia delante, acaso esperando un reflejo.
miércoles, 10 de abril de 2013
La Pasajera
Hablaban así. Cada mañana y era ella quien empezaba:
-Me gustan los ruiditos.
-De qué tipo?
-Azules. Me gustan azules.
Hablaban así porque lo suyo era demasiado serio.
Ella había llegado con una herida en el labio que se abría y sangraba cada vez que intentaba sonreír. Él llevaba allí desde antes de acordarse y antes de ella dedicaba el primer día de cada ciclo de mareas a lanzar al mar un mensaje embotellado. Y nunca recibía una respuesta.
Un médico le había dicho a ella que debía ir al mar para curarse la herida con unas gotas de agua cada día.
Sospecho que ese mismo médico es el que aparece en otras historias.
Hablaban así y cada mañana se iniciaba como un lienzo en blanco y cada frase un brochazo de azul celeste o malva pálido.
-¿Desde cuándo estás aquí?, dijo ella un día.
-Desde que llegaste, tú eres mi esperanza.
-No, porque yo he venido de la tierra y no del mar.
Y entonces callaron. Y ella terminaría rompiendo el silencio:
-Me gustan los cuadros.
-¿De qué tipo?
-Los que suenan a la espuma que se enciende y apaga.
Se amaban la víspera de cada ciclo de mareas y ella lo hacía para que él durmiese y mientras él dormía ella copiaba su mensaje y lo lanzaba embotellado.
Copiaba el mensaje sin leerlo.
Una tarde él le dijo cosas especialmente bonitas y ella río mucho y entonces se dio cuenta de que su herida no sangraba. Y con esas cosas bonitas corriendo por los pasillos que comunican la cabeza con el corazón y las habilidades, se amaron especialmente. Y fue más intenso para que él durmiera más.
Y cuando despertó, ella no estaba.
Y más tarde le llegó por el mar un mensaje embotellado.
-Me gustan los ruiditos.
-De qué tipo?
-Azules. Me gustan azules.
Hablaban así porque lo suyo era demasiado serio.
Ella había llegado con una herida en el labio que se abría y sangraba cada vez que intentaba sonreír. Él llevaba allí desde antes de acordarse y antes de ella dedicaba el primer día de cada ciclo de mareas a lanzar al mar un mensaje embotellado. Y nunca recibía una respuesta.
Un médico le había dicho a ella que debía ir al mar para curarse la herida con unas gotas de agua cada día.
Sospecho que ese mismo médico es el que aparece en otras historias.
Hablaban así y cada mañana se iniciaba como un lienzo en blanco y cada frase un brochazo de azul celeste o malva pálido.
-¿Desde cuándo estás aquí?, dijo ella un día.
-Desde que llegaste, tú eres mi esperanza.
-No, porque yo he venido de la tierra y no del mar.
Y entonces callaron. Y ella terminaría rompiendo el silencio:
-Me gustan los cuadros.
-¿De qué tipo?
-Los que suenan a la espuma que se enciende y apaga.
Se amaban la víspera de cada ciclo de mareas y ella lo hacía para que él durmiese y mientras él dormía ella copiaba su mensaje y lo lanzaba embotellado.
Copiaba el mensaje sin leerlo.
Una tarde él le dijo cosas especialmente bonitas y ella río mucho y entonces se dio cuenta de que su herida no sangraba. Y con esas cosas bonitas corriendo por los pasillos que comunican la cabeza con el corazón y las habilidades, se amaron especialmente. Y fue más intenso para que él durmiera más.
Y cuando despertó, ella no estaba.
Y más tarde le llegó por el mar un mensaje embotellado.
domingo, 7 de abril de 2013
Fosforito
Los peces son una moda y determinan el color del mar. Por eso el mar nunca es igual y por eso no se puede repetir un verano. El verano de la vida sólo regurgita en la memoria. Y es una memoria fiel y se recuerda ese verano como se recuerda cada palabra y cada sonido de la última conversación con.
Los peces son una moda y un año en la playa la moda fueron unos peces fosforitos. Amarillos, verdes, naranjas. Monocromáticos o combinados.
Ese verano el mar brillaba más y la afluencia de estos peces atrajo a unos surferos que vinieron con tanakas en los pies y aún más argot en su discurso. Los surferos engendraron hijos de la playa que llamamos surferitos y antes de gatear ya surfean.
En el verano de los peces fosforitos es cuando todos nos enamoramos por primer verano. El refuljo fosforescente era tal por la tarde que escapábamos al pueblo, donde todas las casas eran blancas y había una barra y música sin techo y entonces te cogía de la mano y corríamos por las calles de piedra donde tu risa era el sonido. Al regresar, el sol gordísimo y naranja se estaba metiendo en el mar y los peces antes de acostarse daban saltos y eran volandas fosforitas. Dijiste que no terminaría nunca porque era el momento de decirlo. Pero cada verano es una moda. Queríamos salvarnos pero.
A la playa todos los días viene un Pintor y siempre pone el lienzo en el mismo lugar y pinta la misma perspectiva. Su cuadro nunca es igual. Cuando vuelvo, cuando me acuerdo de volver, busco al Pintor y le pido el cuadro de aquél día y él siempre me dice que lo buscará pero que yo lo tengo más fácil porque me queda el recuerdo.
Y entonces siento tu mano y oigo tu risa y me compro una pecera.
Los peces son una moda y un año en la playa la moda fueron unos peces fosforitos. Amarillos, verdes, naranjas. Monocromáticos o combinados.
Ese verano el mar brillaba más y la afluencia de estos peces atrajo a unos surferos que vinieron con tanakas en los pies y aún más argot en su discurso. Los surferos engendraron hijos de la playa que llamamos surferitos y antes de gatear ya surfean.
En el verano de los peces fosforitos es cuando todos nos enamoramos por primer verano. El refuljo fosforescente era tal por la tarde que escapábamos al pueblo, donde todas las casas eran blancas y había una barra y música sin techo y entonces te cogía de la mano y corríamos por las calles de piedra donde tu risa era el sonido. Al regresar, el sol gordísimo y naranja se estaba metiendo en el mar y los peces antes de acostarse daban saltos y eran volandas fosforitas. Dijiste que no terminaría nunca porque era el momento de decirlo. Pero cada verano es una moda. Queríamos salvarnos pero.
A la playa todos los días viene un Pintor y siempre pone el lienzo en el mismo lugar y pinta la misma perspectiva. Su cuadro nunca es igual. Cuando vuelvo, cuando me acuerdo de volver, busco al Pintor y le pido el cuadro de aquél día y él siempre me dice que lo buscará pero que yo lo tengo más fácil porque me queda el recuerdo.
Y entonces siento tu mano y oigo tu risa y me compro una pecera.
lunes, 1 de abril de 2013
La Primera Vez
La Primera Vez, antes de suceder, tiene tanta importancia.
Yo había imaginado La Primera Vez sin atisbo de temor y mi fantasía era idílica y transcurriría todo en paz luminosa y a mis ojos les faltaría quizás amplitud de miras para aprehender tanto esplendor.
Yo había imaginado un escenario de ingravidez. Algo así como el ejemplar de trajes de baño de la Sports Illustrated.
Había imaginado una sonoridad misteriosa y un vaivén espumoso y una sensación elástica. Había imaginado una comunión con un nuevo mundo.
Apenas dormí la noche antes de la que sería mi Primera Vez y estaba ansioso por tener algo que contar que no contaría a nadie porque uno es discreto y la Primera Vez la contemplaba como un cenit litúrgico. Nada hay más sagrado que lo que sólo sucede una vez. Habría más veces, y serían mejores en virtud de la experiencia adquirida, pero ninguna sería ya La Primera Vez. "La Primera Vez también puede ser la última", me había contado la caracola.
Apenas dormí pero uno no se cansa cuando sabe su Destino.
A pesar de mi naturaleza serena, estuve torpísimo en los preparativos y mi puesta en escena para mi Primera Vez fue por tanto plenamente natural. Me costó vestirme o desvestirme porque el atavío era tan nuevo.
Cuando llegó el momento, olvidé todos los consejos escuchados, todas las advertencias leídas. Cuando llegó el momento, ya absolutamente excitado, lo fié todo al instinto, que es la manera natural de actuar la Primera Vez.
De modo que aleteé con todas mis fuerzas y me sumergí con la verticalidad máxima. Hacia el fondo. En realidad supongo que no sabía hacia dónde iba. El lecho marino era mi Destino desconocido y no tardé en llegar. Allí me detuve pero algo fallaba. Mi corazón bombeaba pero mi cerebro era disléxico allí, lejos de la superficie, lejos del aire puro, y no comprendía que era preciso respirar.
La luz que había imaginado no estaba. Era un fondo marino oscuro y yo no había respirado desde que me sumergí. El aire me parecía tan lejano cuando lo tenía tan cerca. Bastaría dar una bocanada del regulador para poder concentrarme en disfrutar de mi Primera Vez. Pero mi mente estaba ciega.
Entonces tuve miedo.
La única opción era huir del Destino y entonces aleteé hacia arriba y mi cabeza comenzaba a girar y a medida que ascendía empecé a divisar La Luz. La superficie. Y como La Luz se magnificaba nadé más rápido y finalmente emergí.
Entonces me quité el regulador y respiré. Lo extraño es que en la superficie no hay nadie y que mi barco acompañante debe de estar buscándome.
Tengo que decir que después de La Primera Vez el aire sabe diferente y el mundo parece un nuevo mundo.
Están tardando demasiado.
Yo había imaginado La Primera Vez sin atisbo de temor y mi fantasía era idílica y transcurriría todo en paz luminosa y a mis ojos les faltaría quizás amplitud de miras para aprehender tanto esplendor.
Yo había imaginado un escenario de ingravidez. Algo así como el ejemplar de trajes de baño de la Sports Illustrated.
Había imaginado una sonoridad misteriosa y un vaivén espumoso y una sensación elástica. Había imaginado una comunión con un nuevo mundo.
Apenas dormí la noche antes de la que sería mi Primera Vez y estaba ansioso por tener algo que contar que no contaría a nadie porque uno es discreto y la Primera Vez la contemplaba como un cenit litúrgico. Nada hay más sagrado que lo que sólo sucede una vez. Habría más veces, y serían mejores en virtud de la experiencia adquirida, pero ninguna sería ya La Primera Vez. "La Primera Vez también puede ser la última", me había contado la caracola.
Apenas dormí pero uno no se cansa cuando sabe su Destino.
A pesar de mi naturaleza serena, estuve torpísimo en los preparativos y mi puesta en escena para mi Primera Vez fue por tanto plenamente natural. Me costó vestirme o desvestirme porque el atavío era tan nuevo.
Cuando llegó el momento, olvidé todos los consejos escuchados, todas las advertencias leídas. Cuando llegó el momento, ya absolutamente excitado, lo fié todo al instinto, que es la manera natural de actuar la Primera Vez.
De modo que aleteé con todas mis fuerzas y me sumergí con la verticalidad máxima. Hacia el fondo. En realidad supongo que no sabía hacia dónde iba. El lecho marino era mi Destino desconocido y no tardé en llegar. Allí me detuve pero algo fallaba. Mi corazón bombeaba pero mi cerebro era disléxico allí, lejos de la superficie, lejos del aire puro, y no comprendía que era preciso respirar.
La luz que había imaginado no estaba. Era un fondo marino oscuro y yo no había respirado desde que me sumergí. El aire me parecía tan lejano cuando lo tenía tan cerca. Bastaría dar una bocanada del regulador para poder concentrarme en disfrutar de mi Primera Vez. Pero mi mente estaba ciega.
Entonces tuve miedo.
La única opción era huir del Destino y entonces aleteé hacia arriba y mi cabeza comenzaba a girar y a medida que ascendía empecé a divisar La Luz. La superficie. Y como La Luz se magnificaba nadé más rápido y finalmente emergí.
Entonces me quité el regulador y respiré. Lo extraño es que en la superficie no hay nadie y que mi barco acompañante debe de estar buscándome.
Tengo que decir que después de La Primera Vez el aire sabe diferente y el mundo parece un nuevo mundo.
Están tardando demasiado.
sábado, 30 de marzo de 2013
Sardino
Hablaré de Sardino.
En las noches sin luna y de cielo encapotado, cuando ni siquiera el Faro se hace ver, refulge por el negro manto del mar una chispa de plata más inaprensible que el rayo verde.
En los amaneceres radiantes, cuando el Sol de las diez se refleja en millones de ventanas doradas sobre el mar cyan, sobreviene una mota de plata blanca que surge y desaparece entre semejante mosaico.
La chispa del mar es Sardino.
Sardino aparece con frecuencia por la cala porque tiene novias en cada trozo de litoral y las ama con dulzura y aullidos submarinos y su presencia y acción motiva que las algas aromen toda la playa y hasta los esposos de las amantes de Sardino consienten el rito con alegría.
Sardino aparece de forma inesperada, en algún atardecer de julio que se hizo demasiado caluroso. Su brinco cambia el humor de la cala y hay una fiesta y Sardino está en el medio y cuenta historias de sus experiencias en el Índico, donde adquirió su destreza navigatoria y en los arrecifes del Caribe, donde aprendió las artes de amar. Y a veces canta, con su gorjeo de plata, la rima del marinero anciano.
Otras veces Sardino surge de incógnito, en la mitad de octubre en la mitad de la noche. Y nadie le ve y acude sólo a visitar al bogavante mayor para hacerle preguntas y le pregunta qué será de él y de los mares y el bogavante le cuenta que quien tiene brillo permanece para siempre. Le habla de un pintor que mimetizó el tintineo de las estrellas en sus lienzos y de que esos lienzos han llevado las estrellas a muchos hogares humanos y que en virtud de ello hay jóvenes amantes que retozan bajo cielos estrellados.
Sardino aprende y siente por un momento no tener quien le cepille las escamas.
Pero el lamento es escaso porque tiene que ir a otra cala porque allí le esperan y porque tiene ganas y la misión de que unos cuantos elegidos consigan apreciar su destello cuando miran al mar a la poética manera o cuando preparan las artes para otra dura jornada de faena.
En las noches sin luna y de cielo encapotado, cuando ni siquiera el Faro se hace ver, refulge por el negro manto del mar una chispa de plata más inaprensible que el rayo verde.
En los amaneceres radiantes, cuando el Sol de las diez se refleja en millones de ventanas doradas sobre el mar cyan, sobreviene una mota de plata blanca que surge y desaparece entre semejante mosaico.
La chispa del mar es Sardino.
Sardino aparece con frecuencia por la cala porque tiene novias en cada trozo de litoral y las ama con dulzura y aullidos submarinos y su presencia y acción motiva que las algas aromen toda la playa y hasta los esposos de las amantes de Sardino consienten el rito con alegría.
Sardino aparece de forma inesperada, en algún atardecer de julio que se hizo demasiado caluroso. Su brinco cambia el humor de la cala y hay una fiesta y Sardino está en el medio y cuenta historias de sus experiencias en el Índico, donde adquirió su destreza navigatoria y en los arrecifes del Caribe, donde aprendió las artes de amar. Y a veces canta, con su gorjeo de plata, la rima del marinero anciano.
Otras veces Sardino surge de incógnito, en la mitad de octubre en la mitad de la noche. Y nadie le ve y acude sólo a visitar al bogavante mayor para hacerle preguntas y le pregunta qué será de él y de los mares y el bogavante le cuenta que quien tiene brillo permanece para siempre. Le habla de un pintor que mimetizó el tintineo de las estrellas en sus lienzos y de que esos lienzos han llevado las estrellas a muchos hogares humanos y que en virtud de ello hay jóvenes amantes que retozan bajo cielos estrellados.
Sardino aprende y siente por un momento no tener quien le cepille las escamas.
Pero el lamento es escaso porque tiene que ir a otra cala porque allí le esperan y porque tiene ganas y la misión de que unos cuantos elegidos consigan apreciar su destello cuando miran al mar a la poética manera o cuando preparan las artes para otra dura jornada de faena.
viernes, 29 de marzo de 2013
miércoles, 27 de marzo de 2013
El Charco
Considero que una vez escrita, una ficción se hace real.
La playa también tiene sus mitos, pero no pueden ser esas historias de sirenas o de náufragos gigantescos o de sepias al vapor caramelizado.
Un mito de la playa fue el día que apareció un Charco en medio, lejos de la frontera con la Tierra y lejos de la Orilla. Una mancha opaca que pronto emitiría los destellos que guiña el sol saliente. La espuma de las olas pronto se puso celosa y chisporroteó con su característico sonido de plata pero tuvo que callar por el murmullo, el murmullo de la población. Estaba todo el Mundo nervioso por aquella inesperada e inexplicable presencia. En la cala había un Charco.
De forma inevitable, y como mandan los cánones que tanto han telegrafiado las anémonas, fue convocada una Asamblea. Estos encuentros acostumbran a constituir un fracaso babélico pero aquella vez se daba una preocupación común y todos, desde los peces limón hasta las conchas finas, tan sensibles ellas para lo suyo, coincidieron en que era prioritario entenderse. Hubo una votación y como siempre los bivalvos pidieron sin éxito dos votos por miembro y se resolvió que una brigada de cangrejos rojos expedicionara hacia el Charco. Se camuflaron de brisa vespertina y chasquearon.
-"Esta misión nunca será un chasco".
La estrategia cangregil consistiría en afrontar el Charco por detrás pero una langosta se percató de que no había tal parte de atrás porque el misterioso elemento estaba en medio y era redondo. Un albatros confirmó tal extremo y los cangrejos empezaron a preocuparse porque no tienen la costumbre de atacar de frente.
Al final los drogaron con zumo de lapa pero como no se podían mover fue preciso elaborar otra brigada que les transportase a un filo del Charco. Lo hicieron las ranas saladas y cada una montó en su lomo a un cangrejo y aquello formó una caballería roja y verde, un verde de alga caribeña, un rojo de ascua, que emocionó a todos y fue necesario que alguien inmortalizara el momento y las gaviotas llamaron al Pintor y todo ello demoró la empresa hasta que a los cangrejos se les pasó el efecto de la droga.
-"Qué lío", dijo un nudo marinero.
Los cangrejos se sintieron importantes encima de las ranas, pero no era nada sexual. Así que cabalgaron al final, cuando ya se aproximaba la noche y las estrellas de mar hacen ese característico bostezo a cinco manos. Así que se dirigieron al Charco, que a estas alturas del relato resultó ser una Ilusión.
-"Tiene sentido", relató el mensaje de una botella, "porque si en algo podíamos ponernos de acuerdo en una Asamblea era en tener una Ilusión".
Y todos se alegraron y al charco le llamaron así, Ilusión, y fue incorporado alegremente al paisaje, como escuela de buceo para los renacuajos.
La playa también tiene sus mitos, pero no pueden ser esas historias de sirenas o de náufragos gigantescos o de sepias al vapor caramelizado.
Un mito de la playa fue el día que apareció un Charco en medio, lejos de la frontera con la Tierra y lejos de la Orilla. Una mancha opaca que pronto emitiría los destellos que guiña el sol saliente. La espuma de las olas pronto se puso celosa y chisporroteó con su característico sonido de plata pero tuvo que callar por el murmullo, el murmullo de la población. Estaba todo el Mundo nervioso por aquella inesperada e inexplicable presencia. En la cala había un Charco.
De forma inevitable, y como mandan los cánones que tanto han telegrafiado las anémonas, fue convocada una Asamblea. Estos encuentros acostumbran a constituir un fracaso babélico pero aquella vez se daba una preocupación común y todos, desde los peces limón hasta las conchas finas, tan sensibles ellas para lo suyo, coincidieron en que era prioritario entenderse. Hubo una votación y como siempre los bivalvos pidieron sin éxito dos votos por miembro y se resolvió que una brigada de cangrejos rojos expedicionara hacia el Charco. Se camuflaron de brisa vespertina y chasquearon.
-"Esta misión nunca será un chasco".
La estrategia cangregil consistiría en afrontar el Charco por detrás pero una langosta se percató de que no había tal parte de atrás porque el misterioso elemento estaba en medio y era redondo. Un albatros confirmó tal extremo y los cangrejos empezaron a preocuparse porque no tienen la costumbre de atacar de frente.
Al final los drogaron con zumo de lapa pero como no se podían mover fue preciso elaborar otra brigada que les transportase a un filo del Charco. Lo hicieron las ranas saladas y cada una montó en su lomo a un cangrejo y aquello formó una caballería roja y verde, un verde de alga caribeña, un rojo de ascua, que emocionó a todos y fue necesario que alguien inmortalizara el momento y las gaviotas llamaron al Pintor y todo ello demoró la empresa hasta que a los cangrejos se les pasó el efecto de la droga.
-"Qué lío", dijo un nudo marinero.
Los cangrejos se sintieron importantes encima de las ranas, pero no era nada sexual. Así que cabalgaron al final, cuando ya se aproximaba la noche y las estrellas de mar hacen ese característico bostezo a cinco manos. Así que se dirigieron al Charco, que a estas alturas del relato resultó ser una Ilusión.
-"Tiene sentido", relató el mensaje de una botella, "porque si en algo podíamos ponernos de acuerdo en una Asamblea era en tener una Ilusión".
Y todos se alegraron y al charco le llamaron así, Ilusión, y fue incorporado alegremente al paisaje, como escuela de buceo para los renacuajos.
lunes, 25 de marzo de 2013
Intercambio
Como era tan complicado, había que hacerlo a la sencilla manera. Y duró tanto la preparación que nadie recuerda de quién partió la idea. Es posible incluso que fuera mía, porque cuando se pierden tantas cosas también se extravía el inventario de las cosas perdidas.
El plan era intercambiar estrellas y granos de arena.
La primera complicación consistía en que La Luna no podría enterarse porque no lo permitiría y de saberlo volvería su cara para siempre y ello destrozaría el ciclo de mareas y todos moriríamos.
La siguiente concernía al sol, que de conocer la conspiración se habría quedado oculto y las consecuencias hubieran sido igualmente irremediables: los amantes nocturnos perderían la sensación especial de la nocturnidad y no podrían tostarse las algas para hacer pelucas y sucederían tantas otras calamidades de averno.
Así que eran esenciales el sigilo y la sincronización.
La empresa tardaría en materializarse y aquello era una faena para los seres vivos implicados. Ninguna generación vería lo que empezó y por consenso fueron elegidas las tortugas gigantes, a causa de su longevidad, para desempeñar funciones capataces. Un inconveniente, al rato asumido, consistió en que las tortugas transmitían las instrucciones despacio.
Otro problema logístico radicó en comunicar la playa con el cielo. Fue preciso disponer aquí un operativo de evolución que se extendió durante unas decenas de miles de años y perseguía conseguir que el Anser Idicus, el ave que entonces volaba más alto, consignara primero un hábitat costero, multiplicara luego su capacidad de elevación y adquiriera después facultades para desenvolverse en el espacio, más allá del aire y la meteorología.
Estos pájaros, ataviados con el plástico especial que inventó un Pintor, suministraron a cada estrella la coordenada correspondiente a dónde debía aposentarse cuando bajase a la tierra. De forma simultánea a ese éxodo estelar, cada grano de arena ascendería al punto exacto de cada estrella. Bajarían tantos astros como granos subirían. Fue preciso construir millones de pequeños tifones para emprender la escalada. El descenso se realizó mediante ojos de gusano aleados con cometas con querencia a las tablas.
No fue tan difícil.
Al final, la noche elegida fue una bisiesta de luna nueva. Por tanto, los lobos de mar también se lo perdieron.
Y una condición, acaso la más importante, es que la estancia de las estrellas en la playa y la de la arena en el cielo no podría durar más que la fracción de tiempo que emplea una burbuja de espuma en explotar. El tiempo en que tintinea Venus.
Hasta la Tierra cooperó deteniendo su movimiento y acelerando y desacelerando de forma simultánea su fuerza gravitatoria. Este complicado ejercicio también lo diseñó El Pintor.
El plan, tan largo tan lejos tan cerca, se desarrolló a la perfección.
Y si yo pudiera, os describiría lo que vi.
Y lo haría a la sencilla manera.
El plan era intercambiar estrellas y granos de arena.
La primera complicación consistía en que La Luna no podría enterarse porque no lo permitiría y de saberlo volvería su cara para siempre y ello destrozaría el ciclo de mareas y todos moriríamos.
La siguiente concernía al sol, que de conocer la conspiración se habría quedado oculto y las consecuencias hubieran sido igualmente irremediables: los amantes nocturnos perderían la sensación especial de la nocturnidad y no podrían tostarse las algas para hacer pelucas y sucederían tantas otras calamidades de averno.
Así que eran esenciales el sigilo y la sincronización.
La empresa tardaría en materializarse y aquello era una faena para los seres vivos implicados. Ninguna generación vería lo que empezó y por consenso fueron elegidas las tortugas gigantes, a causa de su longevidad, para desempeñar funciones capataces. Un inconveniente, al rato asumido, consistió en que las tortugas transmitían las instrucciones despacio.
Otro problema logístico radicó en comunicar la playa con el cielo. Fue preciso disponer aquí un operativo de evolución que se extendió durante unas decenas de miles de años y perseguía conseguir que el Anser Idicus, el ave que entonces volaba más alto, consignara primero un hábitat costero, multiplicara luego su capacidad de elevación y adquiriera después facultades para desenvolverse en el espacio, más allá del aire y la meteorología.
Estos pájaros, ataviados con el plástico especial que inventó un Pintor, suministraron a cada estrella la coordenada correspondiente a dónde debía aposentarse cuando bajase a la tierra. De forma simultánea a ese éxodo estelar, cada grano de arena ascendería al punto exacto de cada estrella. Bajarían tantos astros como granos subirían. Fue preciso construir millones de pequeños tifones para emprender la escalada. El descenso se realizó mediante ojos de gusano aleados con cometas con querencia a las tablas.
No fue tan difícil.
Al final, la noche elegida fue una bisiesta de luna nueva. Por tanto, los lobos de mar también se lo perdieron.
Y una condición, acaso la más importante, es que la estancia de las estrellas en la playa y la de la arena en el cielo no podría durar más que la fracción de tiempo que emplea una burbuja de espuma en explotar. El tiempo en que tintinea Venus.
Hasta la Tierra cooperó deteniendo su movimiento y acelerando y desacelerando de forma simultánea su fuerza gravitatoria. Este complicado ejercicio también lo diseñó El Pintor.
El plan, tan largo tan lejos tan cerca, se desarrolló a la perfección.
Y si yo pudiera, os describiría lo que vi.
Y lo haría a la sencilla manera.
El Horizonte
A una foca de altura de una de las rocas verticales de la
cala hay un saliente de dos mejillones de ancho y una anguila de largo. El
Pintor venía en días luminosos y colocaba allí su lienzo y disponía sus
acuarelas sobre un esqueleto de sepia a modo de paleta. Llegaba al alba y con
el mar en calma y la malva tornasolando un horizonte del material con que se
forjan las mareas. De su labio inferior,
excesivo, colgaba un Ducados que para él simbolizaba un tabaco marinero. Más
tarde venían las chicas en su ciclomotor y con las risas o las legañas y las
perlas en los dientes. Entonces El Pintor detenía su labor y procedía a la
explicación.
La lección solía discurrir hacia la física y la química y
los alambiques de la materia y El Pintor daba ejemplos de cómo se componen los
nácares y de qué se sedimenta el litoral así como de la termodinámica de la
orilla y de cómo la pleamar y la luna ejemplifican el equilibrio cósmico. Las
niñas escuchaban y a veces una filosofaba con que el equilibrio cósmico era
también la galleta que sobrevivía, como una balsa, flotando en el Cola-Cao y
entonces El Pintor les hablaba de Heráclito y su convencimiento de que nunca nadie
bebería dos Cola-Caos iguales y que además era peligroso porque uno podía
contagiarse de la enfermedad del beso. Entonces una de las niñas, o quizás la
otra, respondía que todas las botellas de agua son iguales y entonces El Pintor
hablaba de la infinidad de plásticos que se hacen y de que él trabajaba desde
siempre en uno que resistiese el sofoco del sol como no lo resistió la cera en
las alas de Ícaro. A veces, mientras El Pintor hablaba, una niña, o quizás la otra,
veía saltar del mar a una sirena o a un afang pero no decía nada porque no
quería que al Pintor se le estropeara el cuadro, el cuadro que requería un mar
plano como las piedras que usaban para hacer el salto de la rana.
Terminaba la explicación y El Pintor indicaba a las niñas
que era el momento de hacer los ejercicios cuya ejecución era el motivo de esta
clase. Él volvía entonces a su lienzo y ellas se equivocaban en toda la tarea.
Y todos volvían amargamente felices.
El Pintor siempre hacía el mismo cuadro, un horizonte
despejado como el abismo entre las partículas y por eso la única regla era que
la clase se celebrase en un día luminoso. Y el cuadro nunca era el mismo. Y uno
de esos días, las niñas no vinieron. Entonces El Pintor apuró sus Ducados y
resolvió que sólo volvería en días de tormenta.
Una tarde sin regla una de las niñas regresó a la cala, o
quizás era la otra, y traía a un chico para amarse en el atardecer y todo sería
ideal y perfecto pero la arena picaba y fue un chasco. Entonces ella odió al
Pintor y los cuadros perdieron la luz.
La historia continuaría pero no sé cómo finalizó porque
esperando el desenlace acabé casándome con una chica de ojos de acuarela.
jueves, 14 de marzo de 2013
Candescencia
Una ventaja de la orilla es que no hay combustión. Un inconveniente derivado de la ventaja es que no se puede hacer fuego. Un día los fenómenos habían causado una hoguera dentro de mí y aquello era un hermoso desastre y era preciso quemarlo fuera. Entonces busqué en la agenda a unas anguilas de mar y estaban online y me prestaron una chispa. Con una chispa y la astilla de un naufragio conseguí hacer un cigarillo que liberase mi ignición interior. El poniente de la noche colaboró a avivar el encendido. Y aquello prendió y entonces tuve mi cigarrillo. Y era una noche diferente, como especial era el motivo de la hoguera que me estaba asfixiando dentro, como el coloso en llamas de los dolores, y era diferente la noche porque las olas estaban de luto por mí y no sonaban y las caracolas dormían y las sardinas estaban en la vigilia que precede al espeto, como en cada crepúsculo del invierno. Así que fumé en un silencio extraordinario.
Intentaba no pensar, que es la forma más inequívoca de alimentar los pensamientos, y era tan rotundo lo que llevaba en las entrañas que el cigarrillo se acabó en seguida y lancé la colilla pero mi mano estaba débil, débil porque me había cortado con un aparejo, y el lanzamiento no llegó a la orilla. Pero en la orilla no hay combustión así que en ese silencio estruendoso pude ver cómo el anaranjado resto de mi cigarrillo se difuminaba despacio en la arena negra. Mi esperanza era que al apagarse pudiese reposar mi desasosiego, pero el mar es un laberinto que hiere más que cura. Así que se apagó el truco pero el farero me ha dicho que persistirá la pena. Como la sutura que duele tras la herida. Y las cenizas, esas cenizas, se mezclaron en la arena sin que nadie, que en rigor eras sólo tú, puedan leer su contenido.
Intentaba no pensar, que es la forma más inequívoca de alimentar los pensamientos, y era tan rotundo lo que llevaba en las entrañas que el cigarrillo se acabó en seguida y lancé la colilla pero mi mano estaba débil, débil porque me había cortado con un aparejo, y el lanzamiento no llegó a la orilla. Pero en la orilla no hay combustión así que en ese silencio estruendoso pude ver cómo el anaranjado resto de mi cigarrillo se difuminaba despacio en la arena negra. Mi esperanza era que al apagarse pudiese reposar mi desasosiego, pero el mar es un laberinto que hiere más que cura. Así que se apagó el truco pero el farero me ha dicho que persistirá la pena. Como la sutura que duele tras la herida. Y las cenizas, esas cenizas, se mezclaron en la arena sin que nadie, que en rigor eras sólo tú, puedan leer su contenido.
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