Primero había percibido que empezaba a necesitar. Luego la sensación se hizo evidente. Entonces empezó a buscar. Y continuó buscando. Y como buscaba tanto no encontraba nada.
Así que un día decidió explorar un cenote que carecía de mapa conocido.
Se lanzó a pulmón y con el cinturón de plomo y la consigna de que existe una luz que nunca se apaga y ahí desembocan todas las salidas.
Y cuando saltó, un sapo que reposaba en el borde del acantilado del cenote le había dicho: "si lo que quieres es salir, para qué entras".
Y fue una pregunta grave.
Aunque llevaba tanto buscando y aunque su desasosiego no cesaba de comenzar, sus expectativas eran altas. Nadaba hacia lo más profundo, perdiendo aire a cada brazada, con las más altas aspiraciones. Su expectativa era tal, que sólo cabía el fracaso.
Pero aunque le iba fatal, él no era fatalista.
En la superficie el cenote tenía el diámetro de un cráter lunar. Pero en su curso descendente él apreció pronto que la forma era de embudo. Como el cuello de las botellas verdes donde había lanzado tantos mensajes vanos.
Más que un pozo, aquello era el sumidero de sus derrotas.
Cuando el aire empieza a escasear en los pulmones dentro del cuerpo empieza a sonar una sirena y a medida que se estrechaban las paredes del camino se hacía más fría el agua y la luz procedente de la superficie se debilitaba. Fue entonces cuando consiguió asir la cola de una anguila que nadaba a la cola de un banco de anguilas.Se quitó el plomo y cerró los ojos, que es la forma de abrir los sueños cuando la realidad nos resulta esquiva.
Quizás necesitaba hundirse para salir.
Las anguilas aspiran a la velocidad del Rayo y eso le favoreció porque las sirenas parecían ya un disco de rap de los ochenta y sentía en la boca el sabor de la sangre que sienten los corredores de supermaratones.
"Si a los 175 kilómetros no notas sabor a sangre, es que estás corriendo mal", le había dicho uno.
La oscuridad del párpado cerrado empezó a remitir: el párpado visto por dentro tomó el color naranja que delata el contacto con la luz.
Él siempre había soñado con cielos de color naranja.
Abrió un ojo, divisó una superficie, soltó la cola de la anguila y aleteó. Y cuando llegó, sólo había otros como él. Había encontrado el aire sin buscarlo.
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