Hablaban así. Cada mañana y era ella quien empezaba:
-Me gustan los ruiditos.
-De qué tipo?
-Azules. Me gustan azules.
Hablaban así porque lo suyo era demasiado serio.
Ella había llegado con una herida en el labio que se abría y sangraba cada vez que intentaba sonreír. Él llevaba allí desde antes de acordarse y antes de ella dedicaba el primer día de cada ciclo de mareas a lanzar al mar un mensaje embotellado. Y nunca recibía una respuesta.
Un médico le había dicho a ella que debía ir al mar para curarse la herida con unas gotas de agua cada día.
Sospecho que ese mismo médico es el que aparece en otras historias.
Hablaban así y cada mañana se iniciaba como un lienzo en blanco y cada frase un brochazo de azul celeste o malva pálido.
-¿Desde cuándo estás aquí?, dijo ella un día.
-Desde que llegaste, tú eres mi esperanza.
-No, porque yo he venido de la tierra y no del mar.
Y entonces callaron. Y ella terminaría rompiendo el silencio:
-Me gustan los cuadros.
-¿De qué tipo?
-Los que suenan a la espuma que se enciende y apaga.
Se amaban la víspera de cada ciclo de mareas y ella lo hacía para que él durmiese y mientras él dormía ella copiaba su mensaje y lo lanzaba embotellado.
Copiaba el mensaje sin leerlo.
Una tarde él le dijo cosas especialmente bonitas y ella río mucho y entonces se dio cuenta de que su herida no sangraba. Y con esas cosas bonitas corriendo por los pasillos que comunican la cabeza con el corazón y las habilidades, se amaron especialmente. Y fue más intenso para que él durmiera más.
Y cuando despertó, ella no estaba.
Y más tarde le llegó por el mar un mensaje embotellado.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

No hay comentarios:
Publicar un comentario