Coincidiendo con una media luna perfecta coincidieron en la playa un Sedentario y un Nómada que se habían carteado por mar. El uno le regaló al otro un ancla y el otro le trajo al uno un bumerán.
Liberada la tensión inicial, era aquella una noche plácida para concebir planes y ellos concibieron el de intercambiar identidades. Usaron el barro de la playa para fabricar sendos moldes y máscaras de sus respectivos rostros, más liso el del Sedentario, curtido el del Nómada.
Su iniciativa deparó resultados inmediatos.
En su papel de Sedentario impostor, el Nómada introdujo en el pueblo sedentario la idea del Turismo y florecieron de inmediato industrias e intercambios y le nombraron alcalde. Y como alcalde cambió la brújula inmóvil del campanario por un reloj de Sol.
El Sedentario, en su aventura de falso Nómada, contó un cuento con el que enseñó a los nómadas a soñar en vez de dormir y por ello le hicieron una estatua y para hacer la estatua hubo que decidir un lugar y para cuidar el lugar hubo que establecer una ciudad.
Y el Nómada toma vacaciones cada año y da un viaje por el Mundo. Y coincidiendo con ese mes el Sedentario acude a su viejo pueblo.
Ninguno podría distinguir si se le cayó la máscara.
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