Alguien escribió sobre la orilla mojada: "Es un mundo esférico pero mis ojos sólo miran hacia delante".
Desde la playa se divisa una peña.
Y dos amantes se veían allí. Él llegaba antes porque ella era una señorita y a las señoritas hay que esperarlas.
Se tiraba al mar de noche y su espalda reflejaba la luna mientras brazeaba hacia la roca y luego su presencia se reflejaba desde la peña porque allí colocaba un espejo verde botella.
Ella veía la señal desde su torreón y llegaba a la playa con el Sol de mediodía y una doncella. Luego se preparaba en el resquicio del acantilado y cuando se lanzaba a nadar todos apartaban la mirada, incluso los cangrejos de ojos saltones, hasta los besugos, porque ella era una dama y no procedía verla.
Se veían en la peña porque allí no hay miradas.
Y no usaban protección porque no les importaba quemarse.
Ya dijo uno que es preferible quemarse a desvanecerse.
Y el rito se repitió durante algunos veranos hasta que una noche tormentosa, porque todos los veranos tienen alguna, coincidió con una de las zambullidas de él.
Su determinación era fuerte y eso fue peor. Ya dijo otro, o acaso el mismo, que lo mismo que te hace vivir puede matarte al final. No nades cuanto te mareas, mucho menos contra la marea.
Cuando ella llegó a la playa el mar estaba manso como le corresponde después de una tormenta. Cuando muere alguien en la tormenta, el mar está especialmente manso y se diría que arrepentido aunque el mar no tiene de qué.
Ella hizo su rito pero esta vez todos la miraron como se mira finalmente a los ojos de las reinas cuando desfilan un luto.
Y ella siguió volviendo a la peña y con el rumor de las olas aparecieron otros visitantes y como mantuvo la costumbre de no protegerse acabó teniendo unos hijos que después correrían por las calles del pueblo, los pies también huérfanos, habiendo heredado sonrisas aristocráticas. Chillaban desde lo alto de la cuesta: "no nades cuando te mareas".
El tiempo engulliría todo menos a la peña y la doncella, que sigue acudiendo a la playa en su ancianidad la víspera de cada noche veraniega de tormenta.
Se sienta y mira hacia delante, acaso esperando un reflejo.
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