sábado, 15 de marzo de 2008

La especie

Debió suceder cuando él contaba 17. En aquel tiempo no prestaba atención al pasado. Era una estampa que despreciaba, descolorida, en añejos tonos sepia que no admitían la mínima identificación. Era una señal extraña y antigua, una cáscara sin inteligencia, un tiempo sin brillantes. El ayer no era suyo. En el pasado el mar era negruzco y la arena cenicienta. No había intermitencias en el viento, que soplaba siempre y agudizaba la incomodidad. No existían los espetos, ni los escarabajos morenos convocaban barbacoas en la duna grande. La blancura absoluta del sol cenital no existía, el levante no paraba, los días comenzaban con una bruma cuyas pinceladas cubrían progresivamente el techo de la playa hasta la noche. Una noche temprana y desprovista del foco lunar.
Debió ocurrir cuando él tenía 17 años, fue entonces, seguro que entonces, cuando el paisaje empezó a retornar a ese estadio que le era profano e ignorado.

La depurada arena de sus 17 era blanca, fina como la harina, suave y cálida en la planta de los pies. Una manta para cuando al salir del mar turquesa, en la plácida tarde, el viento travieso erizaba los vellos. Una arena que en la corta distancia se revelaba polifirme y multicolor, cada grano un desprendimiento mineral con relevancia de leyenda. Granos transparentes, microperlas azabache, el Dorado en un puñado. La arena era una fiesta y el mar el anfitrión. Azul celeste, azul turquesa, añil y marino. Mar transparente y mar de plata. Mar de oro en el mediodía, mar estanque, mar revuelto de juego. En el filo del profundo y verde mar. A sus 17 las algas eran collares y cada día se celebraban tres fiestas: por la mañana, el desfile de los peces voladores; por la tarde, la barbacoa de los escarabajos; a la noche, el festival de las sardinas. Partidas de dominó sobre la dura orilla de pleamar. Los puntos de las fichas eran horodados por las pulgas de mar. Concursos de pulso entre los cangrejos del oeste. Y concursos de salto entre las ranas de agua salada. El mar tenía espuma cromada y la arena de su orilla era el molde de las estatuas del olimpo. Cuando él contaba 17, el sol de mediodía tenía el mismo diámetro que la luna de medianoche. Rayo verde todas las tardes en la despedida del gigantesco melocotón solar.

A veces se dan golpes en la playa. Como la gran ola del miércoles famoso. Pero generalmente el cambio es progresivo. Como con las estaciones, el poder luminoso se desvanece por grados, despacio. Como las estrellas muertas cuya luz se va despidiendo de la galaxia, el pasado empezó a retornar cuando él sobrepasó los 17. Los granos de arena empezaron a mudar su color y forma, todos en dirección al uniforme grisáceo que ahora visten. Las mareas variaron el ciclo hasta quedar en el actual meceo, inútil para el baño, de salitre gélido. Emigraron los volaores, colgados de los hilos que tendieron los prófugos albatros. Todo ocurrió despacio, muy despacio. Y él apenas lo quiso ver, perdido el interés, antes de que todo se cancelara, por las tres fiestas y los atardeceres. Ahora tiene 34 y sigue ahí, en el mismo sitio que no es el mismo lugar. En un cuadro gris y atonal, donde la manta es más fría que el frío. Se chupa el dedo, mojado por el bramido del mar. Y el sabor le desagrada. Está en el primer pasado, pero el recuerdo que le duele tiene 17.