Hablaré de Sardino.
En las noches sin luna y de cielo encapotado, cuando ni siquiera el Faro se hace ver, refulge por el negro manto del mar una chispa de plata más inaprensible que el rayo verde.
En los amaneceres radiantes, cuando el Sol de las diez se refleja en millones de ventanas doradas sobre el mar cyan, sobreviene una mota de plata blanca que surge y desaparece entre semejante mosaico.
La chispa del mar es Sardino.
Sardino aparece con frecuencia por la cala porque tiene novias en cada trozo de litoral y las ama con dulzura y aullidos submarinos y su presencia y acción motiva que las algas aromen toda la playa y hasta los esposos de las amantes de Sardino consienten el rito con alegría.
Sardino aparece de forma inesperada, en algún atardecer de julio que se hizo demasiado caluroso. Su brinco cambia el humor de la cala y hay una fiesta y Sardino está en el medio y cuenta historias de sus experiencias en el Índico, donde adquirió su destreza navigatoria y en los arrecifes del Caribe, donde aprendió las artes de amar. Y a veces canta, con su gorjeo de plata, la rima del marinero anciano.
Otras veces Sardino surge de incógnito, en la mitad de octubre en la mitad de la noche. Y nadie le ve y acude sólo a visitar al bogavante mayor para hacerle preguntas y le pregunta qué será de él y de los mares y el bogavante le cuenta que quien tiene brillo permanece para siempre. Le habla de un pintor que mimetizó el tintineo de las estrellas en sus lienzos y de que esos lienzos han llevado las estrellas a muchos hogares humanos y que en virtud de ello hay jóvenes amantes que retozan bajo cielos estrellados.
Sardino aprende y siente por un momento no tener quien le cepille las escamas.
Pero el lamento es escaso porque tiene que ir a otra cala porque allí le esperan y porque tiene ganas y la misión de que unos cuantos elegidos consigan apreciar su destello cuando miran al mar a la poética manera o cuando preparan las artes para otra dura jornada de faena.
sábado, 30 de marzo de 2013
viernes, 29 de marzo de 2013
miércoles, 27 de marzo de 2013
El Charco
Considero que una vez escrita, una ficción se hace real.
La playa también tiene sus mitos, pero no pueden ser esas historias de sirenas o de náufragos gigantescos o de sepias al vapor caramelizado.
Un mito de la playa fue el día que apareció un Charco en medio, lejos de la frontera con la Tierra y lejos de la Orilla. Una mancha opaca que pronto emitiría los destellos que guiña el sol saliente. La espuma de las olas pronto se puso celosa y chisporroteó con su característico sonido de plata pero tuvo que callar por el murmullo, el murmullo de la población. Estaba todo el Mundo nervioso por aquella inesperada e inexplicable presencia. En la cala había un Charco.
De forma inevitable, y como mandan los cánones que tanto han telegrafiado las anémonas, fue convocada una Asamblea. Estos encuentros acostumbran a constituir un fracaso babélico pero aquella vez se daba una preocupación común y todos, desde los peces limón hasta las conchas finas, tan sensibles ellas para lo suyo, coincidieron en que era prioritario entenderse. Hubo una votación y como siempre los bivalvos pidieron sin éxito dos votos por miembro y se resolvió que una brigada de cangrejos rojos expedicionara hacia el Charco. Se camuflaron de brisa vespertina y chasquearon.
-"Esta misión nunca será un chasco".
La estrategia cangregil consistiría en afrontar el Charco por detrás pero una langosta se percató de que no había tal parte de atrás porque el misterioso elemento estaba en medio y era redondo. Un albatros confirmó tal extremo y los cangrejos empezaron a preocuparse porque no tienen la costumbre de atacar de frente.
Al final los drogaron con zumo de lapa pero como no se podían mover fue preciso elaborar otra brigada que les transportase a un filo del Charco. Lo hicieron las ranas saladas y cada una montó en su lomo a un cangrejo y aquello formó una caballería roja y verde, un verde de alga caribeña, un rojo de ascua, que emocionó a todos y fue necesario que alguien inmortalizara el momento y las gaviotas llamaron al Pintor y todo ello demoró la empresa hasta que a los cangrejos se les pasó el efecto de la droga.
-"Qué lío", dijo un nudo marinero.
Los cangrejos se sintieron importantes encima de las ranas, pero no era nada sexual. Así que cabalgaron al final, cuando ya se aproximaba la noche y las estrellas de mar hacen ese característico bostezo a cinco manos. Así que se dirigieron al Charco, que a estas alturas del relato resultó ser una Ilusión.
-"Tiene sentido", relató el mensaje de una botella, "porque si en algo podíamos ponernos de acuerdo en una Asamblea era en tener una Ilusión".
Y todos se alegraron y al charco le llamaron así, Ilusión, y fue incorporado alegremente al paisaje, como escuela de buceo para los renacuajos.
La playa también tiene sus mitos, pero no pueden ser esas historias de sirenas o de náufragos gigantescos o de sepias al vapor caramelizado.
Un mito de la playa fue el día que apareció un Charco en medio, lejos de la frontera con la Tierra y lejos de la Orilla. Una mancha opaca que pronto emitiría los destellos que guiña el sol saliente. La espuma de las olas pronto se puso celosa y chisporroteó con su característico sonido de plata pero tuvo que callar por el murmullo, el murmullo de la población. Estaba todo el Mundo nervioso por aquella inesperada e inexplicable presencia. En la cala había un Charco.
De forma inevitable, y como mandan los cánones que tanto han telegrafiado las anémonas, fue convocada una Asamblea. Estos encuentros acostumbran a constituir un fracaso babélico pero aquella vez se daba una preocupación común y todos, desde los peces limón hasta las conchas finas, tan sensibles ellas para lo suyo, coincidieron en que era prioritario entenderse. Hubo una votación y como siempre los bivalvos pidieron sin éxito dos votos por miembro y se resolvió que una brigada de cangrejos rojos expedicionara hacia el Charco. Se camuflaron de brisa vespertina y chasquearon.
-"Esta misión nunca será un chasco".
La estrategia cangregil consistiría en afrontar el Charco por detrás pero una langosta se percató de que no había tal parte de atrás porque el misterioso elemento estaba en medio y era redondo. Un albatros confirmó tal extremo y los cangrejos empezaron a preocuparse porque no tienen la costumbre de atacar de frente.
Al final los drogaron con zumo de lapa pero como no se podían mover fue preciso elaborar otra brigada que les transportase a un filo del Charco. Lo hicieron las ranas saladas y cada una montó en su lomo a un cangrejo y aquello formó una caballería roja y verde, un verde de alga caribeña, un rojo de ascua, que emocionó a todos y fue necesario que alguien inmortalizara el momento y las gaviotas llamaron al Pintor y todo ello demoró la empresa hasta que a los cangrejos se les pasó el efecto de la droga.
-"Qué lío", dijo un nudo marinero.
Los cangrejos se sintieron importantes encima de las ranas, pero no era nada sexual. Así que cabalgaron al final, cuando ya se aproximaba la noche y las estrellas de mar hacen ese característico bostezo a cinco manos. Así que se dirigieron al Charco, que a estas alturas del relato resultó ser una Ilusión.
-"Tiene sentido", relató el mensaje de una botella, "porque si en algo podíamos ponernos de acuerdo en una Asamblea era en tener una Ilusión".
Y todos se alegraron y al charco le llamaron así, Ilusión, y fue incorporado alegremente al paisaje, como escuela de buceo para los renacuajos.
lunes, 25 de marzo de 2013
Intercambio
Como era tan complicado, había que hacerlo a la sencilla manera. Y duró tanto la preparación que nadie recuerda de quién partió la idea. Es posible incluso que fuera mía, porque cuando se pierden tantas cosas también se extravía el inventario de las cosas perdidas.
El plan era intercambiar estrellas y granos de arena.
La primera complicación consistía en que La Luna no podría enterarse porque no lo permitiría y de saberlo volvería su cara para siempre y ello destrozaría el ciclo de mareas y todos moriríamos.
La siguiente concernía al sol, que de conocer la conspiración se habría quedado oculto y las consecuencias hubieran sido igualmente irremediables: los amantes nocturnos perderían la sensación especial de la nocturnidad y no podrían tostarse las algas para hacer pelucas y sucederían tantas otras calamidades de averno.
Así que eran esenciales el sigilo y la sincronización.
La empresa tardaría en materializarse y aquello era una faena para los seres vivos implicados. Ninguna generación vería lo que empezó y por consenso fueron elegidas las tortugas gigantes, a causa de su longevidad, para desempeñar funciones capataces. Un inconveniente, al rato asumido, consistió en que las tortugas transmitían las instrucciones despacio.
Otro problema logístico radicó en comunicar la playa con el cielo. Fue preciso disponer aquí un operativo de evolución que se extendió durante unas decenas de miles de años y perseguía conseguir que el Anser Idicus, el ave que entonces volaba más alto, consignara primero un hábitat costero, multiplicara luego su capacidad de elevación y adquiriera después facultades para desenvolverse en el espacio, más allá del aire y la meteorología.
Estos pájaros, ataviados con el plástico especial que inventó un Pintor, suministraron a cada estrella la coordenada correspondiente a dónde debía aposentarse cuando bajase a la tierra. De forma simultánea a ese éxodo estelar, cada grano de arena ascendería al punto exacto de cada estrella. Bajarían tantos astros como granos subirían. Fue preciso construir millones de pequeños tifones para emprender la escalada. El descenso se realizó mediante ojos de gusano aleados con cometas con querencia a las tablas.
No fue tan difícil.
Al final, la noche elegida fue una bisiesta de luna nueva. Por tanto, los lobos de mar también se lo perdieron.
Y una condición, acaso la más importante, es que la estancia de las estrellas en la playa y la de la arena en el cielo no podría durar más que la fracción de tiempo que emplea una burbuja de espuma en explotar. El tiempo en que tintinea Venus.
Hasta la Tierra cooperó deteniendo su movimiento y acelerando y desacelerando de forma simultánea su fuerza gravitatoria. Este complicado ejercicio también lo diseñó El Pintor.
El plan, tan largo tan lejos tan cerca, se desarrolló a la perfección.
Y si yo pudiera, os describiría lo que vi.
Y lo haría a la sencilla manera.
El plan era intercambiar estrellas y granos de arena.
La primera complicación consistía en que La Luna no podría enterarse porque no lo permitiría y de saberlo volvería su cara para siempre y ello destrozaría el ciclo de mareas y todos moriríamos.
La siguiente concernía al sol, que de conocer la conspiración se habría quedado oculto y las consecuencias hubieran sido igualmente irremediables: los amantes nocturnos perderían la sensación especial de la nocturnidad y no podrían tostarse las algas para hacer pelucas y sucederían tantas otras calamidades de averno.
Así que eran esenciales el sigilo y la sincronización.
La empresa tardaría en materializarse y aquello era una faena para los seres vivos implicados. Ninguna generación vería lo que empezó y por consenso fueron elegidas las tortugas gigantes, a causa de su longevidad, para desempeñar funciones capataces. Un inconveniente, al rato asumido, consistió en que las tortugas transmitían las instrucciones despacio.
Otro problema logístico radicó en comunicar la playa con el cielo. Fue preciso disponer aquí un operativo de evolución que se extendió durante unas decenas de miles de años y perseguía conseguir que el Anser Idicus, el ave que entonces volaba más alto, consignara primero un hábitat costero, multiplicara luego su capacidad de elevación y adquiriera después facultades para desenvolverse en el espacio, más allá del aire y la meteorología.
Estos pájaros, ataviados con el plástico especial que inventó un Pintor, suministraron a cada estrella la coordenada correspondiente a dónde debía aposentarse cuando bajase a la tierra. De forma simultánea a ese éxodo estelar, cada grano de arena ascendería al punto exacto de cada estrella. Bajarían tantos astros como granos subirían. Fue preciso construir millones de pequeños tifones para emprender la escalada. El descenso se realizó mediante ojos de gusano aleados con cometas con querencia a las tablas.
No fue tan difícil.
Al final, la noche elegida fue una bisiesta de luna nueva. Por tanto, los lobos de mar también se lo perdieron.
Y una condición, acaso la más importante, es que la estancia de las estrellas en la playa y la de la arena en el cielo no podría durar más que la fracción de tiempo que emplea una burbuja de espuma en explotar. El tiempo en que tintinea Venus.
Hasta la Tierra cooperó deteniendo su movimiento y acelerando y desacelerando de forma simultánea su fuerza gravitatoria. Este complicado ejercicio también lo diseñó El Pintor.
El plan, tan largo tan lejos tan cerca, se desarrolló a la perfección.
Y si yo pudiera, os describiría lo que vi.
Y lo haría a la sencilla manera.
El Horizonte
A una foca de altura de una de las rocas verticales de la
cala hay un saliente de dos mejillones de ancho y una anguila de largo. El
Pintor venía en días luminosos y colocaba allí su lienzo y disponía sus
acuarelas sobre un esqueleto de sepia a modo de paleta. Llegaba al alba y con
el mar en calma y la malva tornasolando un horizonte del material con que se
forjan las mareas. De su labio inferior,
excesivo, colgaba un Ducados que para él simbolizaba un tabaco marinero. Más
tarde venían las chicas en su ciclomotor y con las risas o las legañas y las
perlas en los dientes. Entonces El Pintor detenía su labor y procedía a la
explicación.
La lección solía discurrir hacia la física y la química y
los alambiques de la materia y El Pintor daba ejemplos de cómo se componen los
nácares y de qué se sedimenta el litoral así como de la termodinámica de la
orilla y de cómo la pleamar y la luna ejemplifican el equilibrio cósmico. Las
niñas escuchaban y a veces una filosofaba con que el equilibrio cósmico era
también la galleta que sobrevivía, como una balsa, flotando en el Cola-Cao y
entonces El Pintor les hablaba de Heráclito y su convencimiento de que nunca nadie
bebería dos Cola-Caos iguales y que además era peligroso porque uno podía
contagiarse de la enfermedad del beso. Entonces una de las niñas, o quizás la
otra, respondía que todas las botellas de agua son iguales y entonces El Pintor
hablaba de la infinidad de plásticos que se hacen y de que él trabajaba desde
siempre en uno que resistiese el sofoco del sol como no lo resistió la cera en
las alas de Ícaro. A veces, mientras El Pintor hablaba, una niña, o quizás la otra,
veía saltar del mar a una sirena o a un afang pero no decía nada porque no
quería que al Pintor se le estropeara el cuadro, el cuadro que requería un mar
plano como las piedras que usaban para hacer el salto de la rana.
Terminaba la explicación y El Pintor indicaba a las niñas
que era el momento de hacer los ejercicios cuya ejecución era el motivo de esta
clase. Él volvía entonces a su lienzo y ellas se equivocaban en toda la tarea.
Y todos volvían amargamente felices.
El Pintor siempre hacía el mismo cuadro, un horizonte
despejado como el abismo entre las partículas y por eso la única regla era que
la clase se celebrase en un día luminoso. Y el cuadro nunca era el mismo. Y uno
de esos días, las niñas no vinieron. Entonces El Pintor apuró sus Ducados y
resolvió que sólo volvería en días de tormenta.
Una tarde sin regla una de las niñas regresó a la cala, o
quizás era la otra, y traía a un chico para amarse en el atardecer y todo sería
ideal y perfecto pero la arena picaba y fue un chasco. Entonces ella odió al
Pintor y los cuadros perdieron la luz.
La historia continuaría pero no sé cómo finalizó porque
esperando el desenlace acabé casándome con una chica de ojos de acuarela.
jueves, 14 de marzo de 2013
Candescencia
Una ventaja de la orilla es que no hay combustión. Un inconveniente derivado de la ventaja es que no se puede hacer fuego. Un día los fenómenos habían causado una hoguera dentro de mí y aquello era un hermoso desastre y era preciso quemarlo fuera. Entonces busqué en la agenda a unas anguilas de mar y estaban online y me prestaron una chispa. Con una chispa y la astilla de un naufragio conseguí hacer un cigarillo que liberase mi ignición interior. El poniente de la noche colaboró a avivar el encendido. Y aquello prendió y entonces tuve mi cigarrillo. Y era una noche diferente, como especial era el motivo de la hoguera que me estaba asfixiando dentro, como el coloso en llamas de los dolores, y era diferente la noche porque las olas estaban de luto por mí y no sonaban y las caracolas dormían y las sardinas estaban en la vigilia que precede al espeto, como en cada crepúsculo del invierno. Así que fumé en un silencio extraordinario.
Intentaba no pensar, que es la forma más inequívoca de alimentar los pensamientos, y era tan rotundo lo que llevaba en las entrañas que el cigarrillo se acabó en seguida y lancé la colilla pero mi mano estaba débil, débil porque me había cortado con un aparejo, y el lanzamiento no llegó a la orilla. Pero en la orilla no hay combustión así que en ese silencio estruendoso pude ver cómo el anaranjado resto de mi cigarrillo se difuminaba despacio en la arena negra. Mi esperanza era que al apagarse pudiese reposar mi desasosiego, pero el mar es un laberinto que hiere más que cura. Así que se apagó el truco pero el farero me ha dicho que persistirá la pena. Como la sutura que duele tras la herida. Y las cenizas, esas cenizas, se mezclaron en la arena sin que nadie, que en rigor eras sólo tú, puedan leer su contenido.
Intentaba no pensar, que es la forma más inequívoca de alimentar los pensamientos, y era tan rotundo lo que llevaba en las entrañas que el cigarrillo se acabó en seguida y lancé la colilla pero mi mano estaba débil, débil porque me había cortado con un aparejo, y el lanzamiento no llegó a la orilla. Pero en la orilla no hay combustión así que en ese silencio estruendoso pude ver cómo el anaranjado resto de mi cigarrillo se difuminaba despacio en la arena negra. Mi esperanza era que al apagarse pudiese reposar mi desasosiego, pero el mar es un laberinto que hiere más que cura. Así que se apagó el truco pero el farero me ha dicho que persistirá la pena. Como la sutura que duele tras la herida. Y las cenizas, esas cenizas, se mezclaron en la arena sin que nadie, que en rigor eras sólo tú, puedan leer su contenido.
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