Considero que una vez escrita, una ficción se hace real.
La playa también tiene sus mitos, pero no pueden ser esas historias de sirenas o de náufragos gigantescos o de sepias al vapor caramelizado.
Un mito de la playa fue el día que apareció un Charco en medio, lejos de la frontera con la Tierra y lejos de la Orilla. Una mancha opaca que pronto emitiría los destellos que guiña el sol saliente. La espuma de las olas pronto se puso celosa y chisporroteó con su característico sonido de plata pero tuvo que callar por el murmullo, el murmullo de la población. Estaba todo el Mundo nervioso por aquella inesperada e inexplicable presencia. En la cala había un Charco.
De forma inevitable, y como mandan los cánones que tanto han telegrafiado las anémonas, fue convocada una Asamblea. Estos encuentros acostumbran a constituir un fracaso babélico pero aquella vez se daba una preocupación común y todos, desde los peces limón hasta las conchas finas, tan sensibles ellas para lo suyo, coincidieron en que era prioritario entenderse. Hubo una votación y como siempre los bivalvos pidieron sin éxito dos votos por miembro y se resolvió que una brigada de cangrejos rojos expedicionara hacia el Charco. Se camuflaron de brisa vespertina y chasquearon.
-"Esta misión nunca será un chasco".
La estrategia cangregil consistiría en afrontar el Charco por detrás pero una langosta se percató de que no había tal parte de atrás porque el misterioso elemento estaba en medio y era redondo. Un albatros confirmó tal extremo y los cangrejos empezaron a preocuparse porque no tienen la costumbre de atacar de frente.
Al final los drogaron con zumo de lapa pero como no se podían mover fue preciso elaborar otra brigada que les transportase a un filo del Charco. Lo hicieron las ranas saladas y cada una montó en su lomo a un cangrejo y aquello formó una caballería roja y verde, un verde de alga caribeña, un rojo de ascua, que emocionó a todos y fue necesario que alguien inmortalizara el momento y las gaviotas llamaron al Pintor y todo ello demoró la empresa hasta que a los cangrejos se les pasó el efecto de la droga.
-"Qué lío", dijo un nudo marinero.
Los cangrejos se sintieron importantes encima de las ranas, pero no era nada sexual. Así que cabalgaron al final, cuando ya se aproximaba la noche y las estrellas de mar hacen ese característico bostezo a cinco manos. Así que se dirigieron al Charco, que a estas alturas del relato resultó ser una Ilusión.
-"Tiene sentido", relató el mensaje de una botella, "porque si en algo podíamos ponernos de acuerdo en una Asamblea era en tener una Ilusión".
Y todos se alegraron y al charco le llamaron así, Ilusión, y fue incorporado alegremente al paisaje, como escuela de buceo para los renacuajos.
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