Hablaré de Sardino.
En las noches sin luna y de cielo encapotado, cuando ni siquiera el Faro se hace ver, refulge por el negro manto del mar una chispa de plata más inaprensible que el rayo verde.
En los amaneceres radiantes, cuando el Sol de las diez se refleja en millones de ventanas doradas sobre el mar cyan, sobreviene una mota de plata blanca que surge y desaparece entre semejante mosaico.
La chispa del mar es Sardino.
Sardino aparece con frecuencia por la cala porque tiene novias en cada trozo de litoral y las ama con dulzura y aullidos submarinos y su presencia y acción motiva que las algas aromen toda la playa y hasta los esposos de las amantes de Sardino consienten el rito con alegría.
Sardino aparece de forma inesperada, en algún atardecer de julio que se hizo demasiado caluroso. Su brinco cambia el humor de la cala y hay una fiesta y Sardino está en el medio y cuenta historias de sus experiencias en el Índico, donde adquirió su destreza navigatoria y en los arrecifes del Caribe, donde aprendió las artes de amar. Y a veces canta, con su gorjeo de plata, la rima del marinero anciano.
Otras veces Sardino surge de incógnito, en la mitad de octubre en la mitad de la noche. Y nadie le ve y acude sólo a visitar al bogavante mayor para hacerle preguntas y le pregunta qué será de él y de los mares y el bogavante le cuenta que quien tiene brillo permanece para siempre. Le habla de un pintor que mimetizó el tintineo de las estrellas en sus lienzos y de que esos lienzos han llevado las estrellas a muchos hogares humanos y que en virtud de ello hay jóvenes amantes que retozan bajo cielos estrellados.
Sardino aprende y siente por un momento no tener quien le cepille las escamas.
Pero el lamento es escaso porque tiene que ir a otra cala porque allí le esperan y porque tiene ganas y la misión de que unos cuantos elegidos consigan apreciar su destello cuando miran al mar a la poética manera o cuando preparan las artes para otra dura jornada de faena.
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