Sin algo que hacer salvo esperar me hice una casa blanca junto a la playa y a la casa le hice una terraza amplia donde poder tender mis telas blancas.
Por la tarde me entretengo haciendo agitar la cuerda de mi tendedero, que está hecha del nylon que usaron para pescar.
Tenso y suelto la cuerda y la cuerda se agita primero con frenesí y luego se va parando.
Que la cuerda se detenga demuestra que pasa el tiempo.
Y cuando veo el sol salir, desde esta misma terraza, me pregunto si queda un día menos para verte o estás un día más lejos.
Tuve dos fases, una en la que mi felicidad no era tal porque me dominaba la certeza de que se acabaría. Como cuando en julio empiezan a hacerse los días más cortos.
Y otra en la que mi tristeza no era tal porque cada segundo le descontaba vigencia.
En mi terraza blanca, en la cal de la pared, en el mediodía que me ciega y quema, no hay fases.
Es nítido todo, como el color mi amor por ti.
Pero no sé si viene o va. Como las mareas que me confundieron que son como cuerdas que se tensan, agitan y paran. Es borroso todo.
Entonces no sé si hallaré un ocaso o un amanecer.
Si todo este blanco es un esqueleto.
lunes, 17 de junio de 2013
martes, 4 de junio de 2013
La Sal
En la playa hay cuatro temperamentos y uno es el de invierno.
En un temperamento de invierno llevé a la playa mi alma especulativa para ponerla frente al espejo de la orilla. En el espejo divisé una línea y no supe ver si era una grieta del agua o una cicatriz en mi mejilla de aquella herida que me hizo tu primer beso.
También vi el cabello deshilachado sobre mi frente, o acaso eran algas en el agua, y entre esa maraña se agitaba una tribu de remordimientos. Y chillaban y no sé si el chillido era la espuma de las olas que rompían o los ecos de las noches que no dormí.
Y en la orilla vi reflejados mis ojos que reflejaban la orilla en la que se reflejaban mis ojos. En el fondo de esa imagen intuí la cirugía del silencio y preferí parpadear para que el agua perdiera su turbiedad.
Y en la superficie de esa competición de espejos refulgían los momentos sentidos y no supe si aquello era el reflejo del sol o el brillo poderoso que una vez, aquella vez, le extrajiste a mi alma.
Entonces el mar se llenó de lágrimas y comprendí por qué es salado.
En un temperamento de invierno llevé a la playa mi alma especulativa para ponerla frente al espejo de la orilla. En el espejo divisé una línea y no supe ver si era una grieta del agua o una cicatriz en mi mejilla de aquella herida que me hizo tu primer beso.
También vi el cabello deshilachado sobre mi frente, o acaso eran algas en el agua, y entre esa maraña se agitaba una tribu de remordimientos. Y chillaban y no sé si el chillido era la espuma de las olas que rompían o los ecos de las noches que no dormí.
Y en la orilla vi reflejados mis ojos que reflejaban la orilla en la que se reflejaban mis ojos. En el fondo de esa imagen intuí la cirugía del silencio y preferí parpadear para que el agua perdiera su turbiedad.
Y en la superficie de esa competición de espejos refulgían los momentos sentidos y no supe si aquello era el reflejo del sol o el brillo poderoso que una vez, aquella vez, le extrajiste a mi alma.
Entonces el mar se llenó de lágrimas y comprendí por qué es salado.
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