Sin algo que hacer salvo esperar me hice una casa blanca junto a la playa y a la casa le hice una terraza amplia donde poder tender mis telas blancas.
Por la tarde me entretengo haciendo agitar la cuerda de mi tendedero, que está hecha del nylon que usaron para pescar.
Tenso y suelto la cuerda y la cuerda se agita primero con frenesí y luego se va parando.
Que la cuerda se detenga demuestra que pasa el tiempo.
Y cuando veo el sol salir, desde esta misma terraza, me pregunto si queda un día menos para verte o estás un día más lejos.
Tuve dos fases, una en la que mi felicidad no era tal porque me dominaba la certeza de que se acabaría. Como cuando en julio empiezan a hacerse los días más cortos.
Y otra en la que mi tristeza no era tal porque cada segundo le descontaba vigencia.
En mi terraza blanca, en la cal de la pared, en el mediodía que me ciega y quema, no hay fases.
Es nítido todo, como el color mi amor por ti.
Pero no sé si viene o va. Como las mareas que me confundieron que son como cuerdas que se tensan, agitan y paran. Es borroso todo.
Entonces no sé si hallaré un ocaso o un amanecer.
Si todo este blanco es un esqueleto.
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