lunes, 15 de octubre de 2007

Bifurcación

El padre fue pescador de bote, un bote llamado Noruega. A ellos les separaban un año y todas las aficiones, aunque ambos amaban la orilla, la sensación de madera mojada y todas las luces del escaparate horizontal.
Pero uno tenía el talento y el otro la quietud. El primero fue a aprender a la capital y allí edificó una vía propia. El segundo se quedó y trapichea, acumulando recursos, opera cuando la arena está negra, empastada y extraña. Odia este habitat y por el día rumía. El hermano se sube los cuellos a la que las tardes se acortan en la ciudad. Traga mal la primera humedad nocturna, cuando las luces abundan sin alcanzar a deslumbrar.
Coinciden ocasionalmente en fiestas y alternativamente aparentan edades que nos les corresponden. Llama la atención en la familia que un año el mayor parece más pequeño que el otro y que al siguiente se da la representación contraria.
En verano el hermano lugareño se tapa los negocios vendiendo peces voladores en una cuesta blanca y ardiente. Peces secos colgados con pinzas. Labios secos y tabaco negro. El bar del padre, abierto tras la jubilación de Noruega por el cierre de caladeros africanos, sólo tiene hombres. El hermano extranjero evoca cada día el calor del asfalto en agosto, la calidez de la arena dorada, la amable agua templada. Las desidias pegadas, un alquitrán que crece, inflaman todos esos pulmones. El veneno de la infancia que les impide hablarse se parte en las dos únicas direcciones que en el mundo han sido. El viento del mar y el viento hacia el mar.
Los dos se mueren por ser otra cosa.