El padre fue pescador de bote, un bote llamado Noruega. A ellos les separaban un año y todas las aficiones, aunque ambos amaban la orilla, la sensación de madera mojada y todas las luces del escaparate horizontal.
Pero uno tenía el talento y el otro la quietud. El primero fue a aprender a la capital y allí edificó una vía propia. El segundo se quedó y trapichea, acumulando recursos, opera cuando la arena está negra, empastada y extraña. Odia este habitat y por el día rumía. El hermano se sube los cuellos a la que las tardes se acortan en la ciudad. Traga mal la primera humedad nocturna, cuando las luces abundan sin alcanzar a deslumbrar.
Coinciden ocasionalmente en fiestas y alternativamente aparentan edades que nos les corresponden. Llama la atención en la familia que un año el mayor parece más pequeño que el otro y que al siguiente se da la representación contraria.
En verano el hermano lugareño se tapa los negocios vendiendo peces voladores en una cuesta blanca y ardiente. Peces secos colgados con pinzas. Labios secos y tabaco negro. El bar del padre, abierto tras la jubilación de Noruega por el cierre de caladeros africanos, sólo tiene hombres. El hermano extranjero evoca cada día el calor del asfalto en agosto, la calidez de la arena dorada, la amable agua templada. Las desidias pegadas, un alquitrán que crece, inflaman todos esos pulmones. El veneno de la infancia que les impide hablarse se parte en las dos únicas direcciones que en el mundo han sido. El viento del mar y el viento hacia el mar.
Los dos se mueren por ser otra cosa.
lunes, 15 de octubre de 2007
viernes, 28 de septiembre de 2007
Curso acelerado
Susana se empeñó de pequeña en comer arena. A su madre le espantaba, pero el papá no encontró inconveniente a la costumbre.
Susana domina los datos. Los recibe por rachas y su tarea consiste en moldear como una orfebre, lijar aristas, resumir o descomponer. No vive lejos de una playa, pero jamás se acerca. Se sienta junto a la cristalera por donde resbala la torrencial lluvia de Jakarta y pide siempre huevas para comer. No es un sabor que le agrade particularmente, pero las huevas siempre le recuerdan a la arena. Por textura. Disimula y coge un puñado para sobarlo por debajo del mantel. Las requiere sin aliño y recubre la experiencia con una imaginación: mientras manosea piensa en que cada bolita que se desenvuelve por los dedos y palmas porta un potencial esturión que acabará fugándose. Pegado en el dorso de un plato consumido se las arreglará para caer al borde mismo de uno de los recipientes de basura. Se camuflará con tono negruzco cuando los parias acudan en tropel a descomponer los restos del restaurante. Se adherirá a la mochila en que un bebé raquítico cabalga sobre la envejecida joven que sale en los retratos del National Geographic. El bebé confundirá a la hueva con un moco y jugará un rato con su redondo destino. De las manos a la boca, de los labios a las yemas. La hueva se reconforta en la familiar sensación del tacto. Le recuerda a su madre humana.
La casa está detrás de unos cañizos, a pocos metros de un exiguo riachuelo, la fuente de fiebre y lavados. Allí se descuelga el casco larvado. Se hunde y flota y acaba en la boca de la tortuga de río, que viaja sin rumbo por la ruta de toda la vida.
Susana domina los datos. Los recibe por rachas y su tarea consiste en moldear como una orfebre, lijar aristas, resumir o descomponer. No vive lejos de una playa, pero jamás se acerca. Se sienta junto a la cristalera por donde resbala la torrencial lluvia de Jakarta y pide siempre huevas para comer. No es un sabor que le agrade particularmente, pero las huevas siempre le recuerdan a la arena. Por textura. Disimula y coge un puñado para sobarlo por debajo del mantel. Las requiere sin aliño y recubre la experiencia con una imaginación: mientras manosea piensa en que cada bolita que se desenvuelve por los dedos y palmas porta un potencial esturión que acabará fugándose. Pegado en el dorso de un plato consumido se las arreglará para caer al borde mismo de uno de los recipientes de basura. Se camuflará con tono negruzco cuando los parias acudan en tropel a descomponer los restos del restaurante. Se adherirá a la mochila en que un bebé raquítico cabalga sobre la envejecida joven que sale en los retratos del National Geographic. El bebé confundirá a la hueva con un moco y jugará un rato con su redondo destino. De las manos a la boca, de los labios a las yemas. La hueva se reconforta en la familiar sensación del tacto. Le recuerda a su madre humana.
La casa está detrás de unos cañizos, a pocos metros de un exiguo riachuelo, la fuente de fiebre y lavados. Allí se descuelga el casco larvado. Se hunde y flota y acaba en la boca de la tortuga de río, que viaja sin rumbo por la ruta de toda la vida.
lunes, 24 de septiembre de 2007
Ex plorer
Hace mucho, en el remoto verano de 2007, me dediqué a investigar. Mi primera guardia sucedió sobre la arena. Ataviado con lentes de aguasalada, recorrí los hoyos. Tienen una redondez perfecta y trece surcos horadan su circunferencia. Son las huellas de las trece patas que tienen las pulguitas de mar. En cada hoyo existe una pompa dichosa.
Podría pensarse que la noche es mala hora para investigar estas cuevas. Al contrario, en bajamar y sin luna, las pulgas se aletargan profundamente durante la negrura estival. Dormido su cimbreo, no hay obstáculo para introducir la lente en los pocitos y dejar que el cuerpo entero descienda por la sima. Hormigueros de playa, los hoyos forman una red de laberintos donde suena a caracola y se siente una luz final. El brillo no es sino una playa de las antípodas, donde la arena está azulada y el cielo dorado. Cuando descubrí este hilo me apresuré a registrarlo. Pero los bolsillos estaban del revés y así perdí cualquier testimonio concreto. De vuelta a casa sólo pude presentar un llavero de pulguitas. Afortunadamente, en la mesa de velas alguien dejó un pollo asado.
Con piel crujiente.
Podría pensarse que la noche es mala hora para investigar estas cuevas. Al contrario, en bajamar y sin luna, las pulgas se aletargan profundamente durante la negrura estival. Dormido su cimbreo, no hay obstáculo para introducir la lente en los pocitos y dejar que el cuerpo entero descienda por la sima. Hormigueros de playa, los hoyos forman una red de laberintos donde suena a caracola y se siente una luz final. El brillo no es sino una playa de las antípodas, donde la arena está azulada y el cielo dorado. Cuando descubrí este hilo me apresuré a registrarlo. Pero los bolsillos estaban del revés y así perdí cualquier testimonio concreto. De vuelta a casa sólo pude presentar un llavero de pulguitas. Afortunadamente, en la mesa de velas alguien dejó un pollo asado.
Con piel crujiente.
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