Hace mucho, en el remoto verano de 2007, me dediqué a investigar. Mi primera guardia sucedió sobre la arena. Ataviado con lentes de aguasalada, recorrí los hoyos. Tienen una redondez perfecta y trece surcos horadan su circunferencia. Son las huellas de las trece patas que tienen las pulguitas de mar. En cada hoyo existe una pompa dichosa.
Podría pensarse que la noche es mala hora para investigar estas cuevas. Al contrario, en bajamar y sin luna, las pulgas se aletargan profundamente durante la negrura estival. Dormido su cimbreo, no hay obstáculo para introducir la lente en los pocitos y dejar que el cuerpo entero descienda por la sima. Hormigueros de playa, los hoyos forman una red de laberintos donde suena a caracola y se siente una luz final. El brillo no es sino una playa de las antípodas, donde la arena está azulada y el cielo dorado. Cuando descubrí este hilo me apresuré a registrarlo. Pero los bolsillos estaban del revés y así perdí cualquier testimonio concreto. De vuelta a casa sólo pude presentar un llavero de pulguitas. Afortunadamente, en la mesa de velas alguien dejó un pollo asado.
Con piel crujiente.
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