Susana se empeñó de pequeña en comer arena. A su madre le espantaba, pero el papá no encontró inconveniente a la costumbre.
Susana domina los datos. Los recibe por rachas y su tarea consiste en moldear como una orfebre, lijar aristas, resumir o descomponer. No vive lejos de una playa, pero jamás se acerca. Se sienta junto a la cristalera por donde resbala la torrencial lluvia de Jakarta y pide siempre huevas para comer. No es un sabor que le agrade particularmente, pero las huevas siempre le recuerdan a la arena. Por textura. Disimula y coge un puñado para sobarlo por debajo del mantel. Las requiere sin aliño y recubre la experiencia con una imaginación: mientras manosea piensa en que cada bolita que se desenvuelve por los dedos y palmas porta un potencial esturión que acabará fugándose. Pegado en el dorso de un plato consumido se las arreglará para caer al borde mismo de uno de los recipientes de basura. Se camuflará con tono negruzco cuando los parias acudan en tropel a descomponer los restos del restaurante. Se adherirá a la mochila en que un bebé raquítico cabalga sobre la envejecida joven que sale en los retratos del National Geographic. El bebé confundirá a la hueva con un moco y jugará un rato con su redondo destino. De las manos a la boca, de los labios a las yemas. La hueva se reconforta en la familiar sensación del tacto. Le recuerda a su madre humana.
La casa está detrás de unos cañizos, a pocos metros de un exiguo riachuelo, la fuente de fiebre y lavados. Allí se descuelga el casco larvado. Se hunde y flota y acaba en la boca de la tortuga de río, que viaja sin rumbo por la ruta de toda la vida.
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