domingo, 28 de abril de 2013

Meteoros

A la playa viene a diario un Pintor que siempre pinta el mismo cuadro y en su cuadro el horizonte está cada día más cerca.
"El pasado es un elástico que se estira y el porvenir un elástico que se aproxima", le sugirió una vez a una ostra atenta.

Y durante algunos periodos la playa es tropical y cuando llueve torrencialmente a veces yo busco una de las grutas y en una de ellas hay una mesa y un reloj de arena y una máquina de escribir con un folio inserto.

La cintura del reloj me recuerda a ti.

En el folio hay escrita una frase: "Al final esta historia no será como la había pensado".
Me recuerda a aquella pareja que habitó la playa. Él se levantaba muy temprano para salir a la faena y escribía para ella una frase en la orilla. Cuando ella despertaba la marea había borrado la frase. Ella nunca conoció la frase y él nunca descubrió que ella tenía amantes. Él llegaba por la noche con los brazos cansados y ella le había hecho un perfume marino. Todo el día haciendo el perfume. Pero tan cansado llegaba él que cuando se destapaba el frasco ya se había dormido.

Y durante algunos periodos la playa es mediterránea y me quedo toda la noche al raso con la esperanza de que al contemplar el amanecer el horizonte no se habrá aproximado.

En una de esas fases mediterráneas se instaló en la playa un biólogo que era partidario de la propiedad conmutativa. Y usó las propiedades de las estrellas de mar, que regeneran los brazos que pierden, para dar cura a las aletas de los delfines que se lesionan con las redes de los marineros. Y se corrió la voz y todos los delfines querían venir a curarse a la playa. Entonces el biólogo partidario de la propiedad conmutativa pensó la conveniencia de hacer un gran faro-reclamo que indicara el lugar de la playa. Para construir semejante luz se le ocurrió recurrir a las propiedades fosforescentes de las medusas.

"La luz de mi faro-reclamo se divisará desde más allá del horizonte".

Y acudió a buscarlas y tan fascinado quedó con la fluorescencia de un ejemplar de brillantez añil que fue rozado en el pecho y ello le hirió de muerte el corazón porque la belleza sublime tiene estas cosas.

Y en ocasiones la playa tiene inviernos nórdicos en los que el sol no sale. A uno de ellos llegó una estudiante con insomnio convencida de que la oscuridad permanente sanaría su problema. Con paciencia acumuló esponjas marinas para fabricar un lecho sin techo y se tumbó y cuando había decidido que podría cerrar los ojos descubrió que uniendo estrellas podía dibujar el laberinto que la sacaría del insomnio. Pero era una trampa del Cielo, que quería retenerla en aquella noche parada, y el laberinto se complicó tanto que la estudiante quedó ciega al prender la vista en un meteorito y entonces sí pudo dormir.

Y cuando recuerdo todas estas cosas decido escribir. Y voy a la gruta e intento quitar el folio de la máquina con cuidado para hacer mi propia Historia. Y entonces siempre me pasa que la tinta de la frase del folio se desparrama por la gruta y tengo miedo y tengo que agarrarme al reloj de arena.

Y le cojo de la cintura.

jueves, 25 de abril de 2013

El Intercambio

Coincidiendo con una media luna perfecta coincidieron en la playa un Sedentario y un Nómada que se habían carteado por mar. El uno le regaló al otro un ancla y el otro le trajo al uno un bumerán.
Liberada la tensión inicial, era aquella una noche plácida para concebir planes y ellos concibieron el de intercambiar identidades. Usaron el barro de la playa para fabricar sendos moldes y máscaras de sus respectivos rostros, más liso el del Sedentario, curtido el del Nómada.

Su iniciativa deparó resultados inmediatos.

En su papel de Sedentario impostor, el Nómada introdujo en el pueblo sedentario la idea del Turismo y florecieron de inmediato industrias e intercambios y le nombraron alcalde. Y como alcalde cambió la brújula inmóvil del campanario por un reloj de Sol.

El Sedentario, en su aventura de falso Nómada, contó un cuento con el que enseñó a los nómadas a soñar en vez de dormir y por ello le hicieron una estatua y para hacer la estatua hubo que decidir un lugar y para cuidar el lugar hubo que establecer una ciudad.

Y el Nómada toma vacaciones cada año y da un viaje por el Mundo. Y coincidiendo con ese mes el Sedentario acude a su viejo pueblo.

Ninguno podría distinguir si se le cayó la máscara.

miércoles, 24 de abril de 2013

La búsqueda

Primero había percibido que empezaba a necesitar. Luego la sensación se hizo evidente. Entonces empezó a buscar. Y continuó buscando. Y como buscaba tanto no encontraba nada.
Así que un día decidió explorar un cenote que carecía de mapa conocido.
Se lanzó a pulmón y con el cinturón de plomo y la consigna de que existe una luz que nunca se apaga y ahí desembocan todas las salidas.
Y cuando saltó, un sapo que reposaba en el borde del acantilado del cenote le había dicho: "si lo que quieres es salir, para qué entras".
Y fue una pregunta grave.

Aunque llevaba tanto buscando y aunque su desasosiego no cesaba de comenzar, sus expectativas eran altas. Nadaba hacia lo más profundo, perdiendo aire a cada brazada, con las más altas aspiraciones. Su expectativa era tal, que sólo cabía el fracaso.

Pero aunque le iba fatal, él no era fatalista.

En la superficie el cenote tenía el diámetro de un cráter lunar. Pero en su curso descendente él apreció pronto que la forma era de embudo. Como el cuello de las botellas verdes donde había lanzado tantos mensajes vanos.

Más que un pozo, aquello era el sumidero de sus derrotas.

Cuando el aire empieza a escasear en los pulmones dentro del cuerpo empieza a sonar una sirena y a medida que se estrechaban las paredes del camino se hacía más fría el agua y la luz procedente de la superficie se debilitaba. Fue entonces cuando consiguió asir la cola de una anguila que nadaba a la cola de un banco de anguilas.Se quitó el plomo y cerró los ojos, que es la forma de abrir los sueños cuando la realidad nos resulta esquiva.

Quizás necesitaba hundirse para salir.

Las anguilas aspiran a la velocidad del Rayo y eso le favoreció porque las sirenas parecían ya un disco de rap de los ochenta y sentía en la boca el sabor de la sangre que sienten los corredores de supermaratones.
"Si a los 175 kilómetros no notas sabor a sangre, es que estás corriendo mal", le había dicho uno.
La oscuridad del párpado cerrado empezó a remitir: el párpado visto por dentro tomó el color naranja que delata el contacto con la luz.

Él siempre había soñado con cielos de color naranja.

Abrió un ojo, divisó una superficie, soltó la cola de la anguila y aleteó. Y cuando llegó, sólo había otros como él. Había encontrado el aire sin buscarlo.

viernes, 19 de abril de 2013

Otra Playa

A veces acudo a Otra Playa.

La conocí joven y la primera vez acudí con amigos. Cuando llegamos se produjo una algarabía porque éramos jóvenes y la playa, inmensa, estaba sin estrenar.
Fueron todos y eufóricos al agua de transparencia turquesa y salitre templado. Fueron pero yo no porque estaba algo malito. Antes del viaje se me había desprendido un cachito de corazón de esos que, aprendí luego, sólo se desprenden en verano.

-Eso se regenera, había dicho el médico. Pero evita el frío.

Todos jugaban en el mar y yo estaba con los codos apoyados en la arena, las rodillas altas, el sol de frente. Entonces aparecieron dos chicas de paseo descalzo y se sentaron a mi lado para preguntarme sobre las banalidades más bonitas que había escuchado.

Y por eso supongo que me gusta volver a Otra Playa.

Y ese día no pude contestar porque alguno desde el mar vio a las chicas y todos se apresuraron hacia nuestro encuentro y ahí se borra mi recuerdo como en el primer minuto vespertino de la tarde veraniega se difumina la línea que separa el mar del cielo.

jueves, 18 de abril de 2013

Las dudas

No sé qué hacer y el presente es todo lo que cuenta.

Cuando era totalmente niño mi padre era marinero, o quizás pescador, y pasaba largas temporadas en el mar y escaso tiempo en el pueblo. Cada vez que venía traía un regalo exótico para mí hasta que una vez en lugar del presente me dio dinero. Ésa fue la primera vez que no supe qué hacer.

Consideré comprar una mascota, acaso un centollo, pero descubrí que me resultaría difícil cuidarlo. Pensé en comerme un cartucho de burgados con su correspondiente alfiler para sacarlos y todo el sabor del mar encapsulado pero me nació el inconveniente de que después de comer no me quedaría adquisición. Contemplé invitar a alguien a una horchata pero me surgió la duda de que eso molestaría a otro alguien y podría perder una amistad.

Y así pasé el sábado, dando vueltas por las calles del pueblo y sin saber qué hacer. Justo cuando llamaba la Aurora, que era la señora que me cuidaba, me cegó el reflejo de un ancla dorada que colgaba del cuello de la única dependienta de la única tienda del pueblo. Le pregunté si me la vendía y descubrí dos cosas: que me la vendía y que se me daría bien conseguir lo que pidiera.

Así que volví con mi ancla y de inmediato se la ofrecí a mi padre.

-"Con un ancla te quedarás aquí anclado".

Ése fue el primer plan de mi Vida.

Él la cogió y seguro que dijo algo. Pero al poco tuvo que marchar. Y se olvidó del ancla. Entonces yo me enfadé y busqué un lugar en la playa y allí la enterré junto al dinero que me había sobrado.

Y hoy no sé qué hacer. Podría conducir hacia el este, donde hay Otro Pueblo donde las señoras me conocen y aún me llaman "niño". Podría dirigirme al norte, donde no se beben Gin Tonics y la fideua es con alioli. Podría ir a la siguiente cala, donde las Musas ocupan las terrazas y sus miradas me servirían para confeccionar un poemario. Podría escribirte una carta y lanzarla en una botella azul porque aunque sin Fe sí creo en el Destino. Podría navegar hacia el sur, pero entonces mi playa dejaría de ser el Sur. Podría dormir para poder hacer una hoguera de noche pero entonces soñaría contigo y eso me da miedo de mí mismo. Podría convocar a alguien pero eso siempre acaba en desastre. Podría planificar mi semana pero entonces no cuajará nada de lo que planifique. Podría pescar un atún y devolverlo al Mar pero entonces le contaría a los demás mi secreto para pescar atunes.

Cuando no sé qué hacer siempre es igual y al final acudo a mi lugar en la playa y saco el ancla.

Entonces me pongo triste y escribo este texto.





martes, 16 de abril de 2013

La Señal

Alguien escribió sobre la orilla mojada: "Es un mundo esférico pero mis ojos sólo miran hacia delante".

Desde la playa se divisa una peña.
Y dos amantes se veían allí. Él llegaba antes porque ella era una señorita y a las señoritas hay que esperarlas.
Se tiraba al mar de noche y su espalda reflejaba la luna mientras brazeaba hacia la roca y luego su presencia se reflejaba desde la peña porque allí colocaba un espejo verde botella.
Ella veía la señal desde su torreón y llegaba a la playa con el Sol de mediodía y una doncella. Luego se preparaba en el resquicio del acantilado y cuando se lanzaba a nadar todos apartaban la mirada, incluso los cangrejos de ojos saltones, hasta los besugos, porque ella era una dama y no procedía verla.

Se veían en la peña porque allí no hay miradas.
Y no usaban protección porque no les importaba quemarse.
Ya dijo uno que es preferible quemarse a desvanecerse.

Y el rito se repitió durante algunos veranos hasta que una noche tormentosa, porque todos los veranos tienen alguna, coincidió con una de las zambullidas de él.
Su determinación era fuerte y eso fue peor. Ya dijo otro, o acaso el mismo, que lo mismo que te hace vivir puede matarte al final. No nades cuanto te mareas, mucho menos contra la marea.

Cuando ella llegó a la playa el mar estaba manso como le corresponde después de una tormenta. Cuando muere alguien en la tormenta, el mar está especialmente manso y se diría que arrepentido aunque el mar no tiene de qué.

Ella hizo su rito pero esta vez todos la miraron como se mira finalmente a los ojos de las reinas cuando desfilan un luto.

Y ella siguió volviendo a la peña y con el rumor de las olas aparecieron otros visitantes y como mantuvo la costumbre de no protegerse acabó teniendo unos hijos que después correrían por las calles del pueblo, los pies también huérfanos, habiendo heredado sonrisas aristocráticas. Chillaban desde lo alto de la cuesta: "no nades cuando te mareas".

El tiempo engulliría todo menos a la peña y la doncella, que sigue acudiendo a la playa en su ancianidad la víspera de cada noche veraniega de tormenta.

Se sienta y mira hacia delante, acaso esperando un reflejo.


miércoles, 10 de abril de 2013

La Pasajera

Hablaban así. Cada mañana y era ella quien empezaba:

-Me gustan los ruiditos.
-De qué tipo?
-Azules. Me gustan azules.

Hablaban así porque lo suyo era demasiado serio.

Ella había llegado con una herida en el labio que se abría y sangraba cada vez que intentaba sonreír. Él llevaba allí desde antes de acordarse y antes de ella dedicaba el primer día de cada ciclo de mareas a lanzar al mar un mensaje embotellado. Y nunca recibía una respuesta.

Un médico le había dicho a ella que debía ir al mar para curarse la herida con unas gotas de agua cada día.

Sospecho que ese mismo médico es el que aparece en otras historias.

Hablaban así y cada mañana se iniciaba como un lienzo en blanco y cada frase un brochazo de azul celeste o malva pálido.

-¿Desde cuándo estás aquí?, dijo ella un día.
-Desde que llegaste, tú eres mi esperanza.
-No, porque yo he venido de la tierra y no del mar.

Y entonces callaron. Y ella terminaría rompiendo el silencio:

-Me gustan los cuadros.
-¿De qué tipo?
-Los que suenan a la espuma que se enciende y apaga.

Se amaban la víspera de cada ciclo de mareas y ella lo hacía para que él durmiese y mientras él dormía ella copiaba su mensaje y lo lanzaba embotellado.

Copiaba el mensaje sin leerlo.

Una tarde él le dijo cosas especialmente bonitas y ella río mucho y entonces se dio cuenta de que su herida no sangraba. Y con esas cosas bonitas corriendo por los pasillos que comunican la cabeza con el corazón y las habilidades, se amaron especialmente. Y fue más intenso para que él durmiera más.

Y cuando despertó, ella no estaba.

Y más tarde le llegó por el mar un mensaje embotellado.





domingo, 7 de abril de 2013

Fosforito

Los peces son una moda y determinan el color del mar. Por eso el mar nunca es igual y por eso no se puede repetir un verano. El verano de la vida sólo regurgita en la memoria. Y es una memoria fiel y se recuerda ese verano como se recuerda cada palabra y cada sonido de la última conversación con.

Los peces son una moda y un año en la playa la moda fueron unos peces fosforitos. Amarillos, verdes, naranjas. Monocromáticos o combinados.
Ese verano el mar brillaba más y la afluencia de estos peces atrajo a unos surferos que vinieron con tanakas en los pies y aún más argot en su discurso. Los surferos engendraron hijos de la playa que llamamos surferitos y antes de gatear ya surfean.

En el verano de los peces fosforitos es cuando todos nos enamoramos por primer verano. El refuljo fosforescente era tal por la tarde que escapábamos al pueblo, donde todas las casas eran blancas y había una barra y música sin techo y entonces te cogía de la mano y corríamos por las calles de piedra donde tu risa era el sonido. Al regresar, el sol gordísimo y naranja se estaba metiendo en el mar y los peces antes de acostarse daban saltos y eran volandas fosforitas. Dijiste que no terminaría nunca porque era el momento de decirlo. Pero cada verano es una moda. Queríamos salvarnos pero.

A la playa todos los días viene un Pintor y siempre pone el lienzo en el mismo lugar y pinta la misma perspectiva. Su cuadro nunca es igual. Cuando vuelvo, cuando me acuerdo de volver, busco al Pintor y le pido el cuadro de aquél día y él siempre me dice que lo buscará pero que yo lo tengo más fácil porque me queda el recuerdo.
Y entonces siento tu mano y oigo tu risa y me compro una pecera.

lunes, 1 de abril de 2013

La Primera Vez

La Primera Vez, antes de suceder, tiene tanta importancia.
Yo había imaginado La Primera Vez sin atisbo de temor y mi fantasía era idílica y transcurriría todo en paz luminosa y a mis ojos les faltaría quizás amplitud de miras para aprehender tanto esplendor.

Yo había imaginado un escenario de ingravidez. Algo así como el ejemplar de trajes de baño de la Sports Illustrated.

Había imaginado una sonoridad misteriosa y un vaivén espumoso y una sensación elástica. Había imaginado una comunión con un nuevo mundo.

Apenas dormí la noche antes de la que sería mi Primera Vez y estaba ansioso por tener algo que contar que no contaría a nadie porque uno es discreto y la Primera Vez la contemplaba como un cenit litúrgico. Nada hay más sagrado que lo que sólo sucede una vez. Habría más veces, y serían mejores en virtud de la experiencia adquirida, pero ninguna sería ya La Primera Vez. "La Primera Vez también puede ser la última", me había contado la caracola.

Apenas dormí pero uno no se cansa cuando sabe su Destino.

A pesar de mi naturaleza serena, estuve torpísimo en los preparativos y mi puesta en escena para mi Primera Vez fue por tanto plenamente natural. Me costó vestirme o desvestirme porque el atavío era tan nuevo.

Cuando llegó el momento, olvidé todos los consejos escuchados, todas las advertencias leídas. Cuando llegó el momento, ya absolutamente excitado, lo fié todo al instinto, que es la manera natural de actuar la Primera Vez.

De modo que aleteé con todas mis fuerzas y me sumergí con la verticalidad máxima. Hacia el fondo. En realidad supongo que no sabía hacia dónde iba. El lecho marino era mi Destino desconocido y no tardé en llegar. Allí me detuve pero algo fallaba. Mi corazón bombeaba pero mi cerebro era disléxico allí, lejos de la superficie, lejos del aire puro, y no comprendía que era preciso respirar.

La luz que había imaginado no estaba. Era un fondo marino oscuro y yo no había respirado desde que me sumergí. El aire me parecía tan lejano cuando lo tenía tan cerca. Bastaría dar una bocanada del regulador para poder concentrarme en disfrutar de mi Primera Vez. Pero mi mente estaba ciega.

Entonces tuve miedo.

La única opción era huir del Destino y entonces aleteé hacia arriba y mi cabeza comenzaba a girar y a medida que ascendía empecé a divisar La Luz. La superficie. Y como La Luz se magnificaba nadé más rápido y finalmente emergí.

Entonces me quité el regulador y respiré. Lo extraño es que en la superficie no hay nadie y que mi barco acompañante debe de estar buscándome.

Tengo que decir que después de La Primera Vez el aire sabe diferente y el mundo parece un nuevo mundo.

Están tardando demasiado.