A veces acudo a Otra Playa.
La conocí joven y la primera vez acudí con amigos. Cuando llegamos se produjo una algarabía porque éramos jóvenes y la playa, inmensa, estaba sin estrenar.
Fueron todos y eufóricos al agua de transparencia turquesa y salitre templado. Fueron pero yo no porque estaba algo malito. Antes del viaje se me había desprendido un cachito de corazón de esos que, aprendí luego, sólo se desprenden en verano.
-Eso se regenera, había dicho el médico. Pero evita el frío.
Todos jugaban en el mar y yo estaba con los codos apoyados en la arena, las rodillas altas, el sol de frente. Entonces aparecieron dos chicas de paseo descalzo y se sentaron a mi lado para preguntarme sobre las banalidades más bonitas que había escuchado.
Y por eso supongo que me gusta volver a Otra Playa.
Y ese día no pude contestar porque alguno desde el mar vio a las chicas y todos se apresuraron hacia nuestro encuentro y ahí se borra mi recuerdo como en el primer minuto vespertino de la tarde veraniega se difumina la línea que separa el mar del cielo.
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