lunes, 1 de abril de 2013

La Primera Vez

La Primera Vez, antes de suceder, tiene tanta importancia.
Yo había imaginado La Primera Vez sin atisbo de temor y mi fantasía era idílica y transcurriría todo en paz luminosa y a mis ojos les faltaría quizás amplitud de miras para aprehender tanto esplendor.

Yo había imaginado un escenario de ingravidez. Algo así como el ejemplar de trajes de baño de la Sports Illustrated.

Había imaginado una sonoridad misteriosa y un vaivén espumoso y una sensación elástica. Había imaginado una comunión con un nuevo mundo.

Apenas dormí la noche antes de la que sería mi Primera Vez y estaba ansioso por tener algo que contar que no contaría a nadie porque uno es discreto y la Primera Vez la contemplaba como un cenit litúrgico. Nada hay más sagrado que lo que sólo sucede una vez. Habría más veces, y serían mejores en virtud de la experiencia adquirida, pero ninguna sería ya La Primera Vez. "La Primera Vez también puede ser la última", me había contado la caracola.

Apenas dormí pero uno no se cansa cuando sabe su Destino.

A pesar de mi naturaleza serena, estuve torpísimo en los preparativos y mi puesta en escena para mi Primera Vez fue por tanto plenamente natural. Me costó vestirme o desvestirme porque el atavío era tan nuevo.

Cuando llegó el momento, olvidé todos los consejos escuchados, todas las advertencias leídas. Cuando llegó el momento, ya absolutamente excitado, lo fié todo al instinto, que es la manera natural de actuar la Primera Vez.

De modo que aleteé con todas mis fuerzas y me sumergí con la verticalidad máxima. Hacia el fondo. En realidad supongo que no sabía hacia dónde iba. El lecho marino era mi Destino desconocido y no tardé en llegar. Allí me detuve pero algo fallaba. Mi corazón bombeaba pero mi cerebro era disléxico allí, lejos de la superficie, lejos del aire puro, y no comprendía que era preciso respirar.

La luz que había imaginado no estaba. Era un fondo marino oscuro y yo no había respirado desde que me sumergí. El aire me parecía tan lejano cuando lo tenía tan cerca. Bastaría dar una bocanada del regulador para poder concentrarme en disfrutar de mi Primera Vez. Pero mi mente estaba ciega.

Entonces tuve miedo.

La única opción era huir del Destino y entonces aleteé hacia arriba y mi cabeza comenzaba a girar y a medida que ascendía empecé a divisar La Luz. La superficie. Y como La Luz se magnificaba nadé más rápido y finalmente emergí.

Entonces me quité el regulador y respiré. Lo extraño es que en la superficie no hay nadie y que mi barco acompañante debe de estar buscándome.

Tengo que decir que después de La Primera Vez el aire sabe diferente y el mundo parece un nuevo mundo.

Están tardando demasiado.


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