Como era tan complicado, había que hacerlo a la sencilla manera. Y duró tanto la preparación que nadie recuerda de quién partió la idea. Es posible incluso que fuera mía, porque cuando se pierden tantas cosas también se extravía el inventario de las cosas perdidas.
El plan era intercambiar estrellas y granos de arena.
La primera complicación consistía en que La Luna no podría enterarse porque no lo permitiría y de saberlo volvería su cara para siempre y ello destrozaría el ciclo de mareas y todos moriríamos.
La siguiente concernía al sol, que de conocer la conspiración se habría quedado oculto y las consecuencias hubieran sido igualmente irremediables: los amantes nocturnos perderían la sensación especial de la nocturnidad y no podrían tostarse las algas para hacer pelucas y sucederían tantas otras calamidades de averno.
Así que eran esenciales el sigilo y la sincronización.
La empresa tardaría en materializarse y aquello era una faena para los seres vivos implicados. Ninguna generación vería lo que empezó y por consenso fueron elegidas las tortugas gigantes, a causa de su longevidad, para desempeñar funciones capataces. Un inconveniente, al rato asumido, consistió en que las tortugas transmitían las instrucciones despacio.
Otro problema logístico radicó en comunicar la playa con el cielo. Fue preciso disponer aquí un operativo de evolución que se extendió durante unas decenas de miles de años y perseguía conseguir que el Anser Idicus, el ave que entonces volaba más alto, consignara primero un hábitat costero, multiplicara luego su capacidad de elevación y adquiriera después facultades para desenvolverse en el espacio, más allá del aire y la meteorología.
Estos pájaros, ataviados con el plástico especial que inventó un Pintor, suministraron a cada estrella la coordenada correspondiente a dónde debía aposentarse cuando bajase a la tierra. De forma simultánea a ese éxodo estelar, cada grano de arena ascendería al punto exacto de cada estrella. Bajarían tantos astros como granos subirían. Fue preciso construir millones de pequeños tifones para emprender la escalada. El descenso se realizó mediante ojos de gusano aleados con cometas con querencia a las tablas.
No fue tan difícil.
Al final, la noche elegida fue una bisiesta de luna nueva. Por tanto, los lobos de mar también se lo perdieron.
Y una condición, acaso la más importante, es que la estancia de las estrellas en la playa y la de la arena en el cielo no podría durar más que la fracción de tiempo que emplea una burbuja de espuma en explotar. El tiempo en que tintinea Venus.
Hasta la Tierra cooperó deteniendo su movimiento y acelerando y desacelerando de forma simultánea su fuerza gravitatoria. Este complicado ejercicio también lo diseñó El Pintor.
El plan, tan largo tan lejos tan cerca, se desarrolló a la perfección.
Y si yo pudiera, os describiría lo que vi.
Y lo haría a la sencilla manera.
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