A una foca de altura de una de las rocas verticales de la
cala hay un saliente de dos mejillones de ancho y una anguila de largo. El
Pintor venía en días luminosos y colocaba allí su lienzo y disponía sus
acuarelas sobre un esqueleto de sepia a modo de paleta. Llegaba al alba y con
el mar en calma y la malva tornasolando un horizonte del material con que se
forjan las mareas. De su labio inferior,
excesivo, colgaba un Ducados que para él simbolizaba un tabaco marinero. Más
tarde venían las chicas en su ciclomotor y con las risas o las legañas y las
perlas en los dientes. Entonces El Pintor detenía su labor y procedía a la
explicación.
La lección solía discurrir hacia la física y la química y
los alambiques de la materia y El Pintor daba ejemplos de cómo se componen los
nácares y de qué se sedimenta el litoral así como de la termodinámica de la
orilla y de cómo la pleamar y la luna ejemplifican el equilibrio cósmico. Las
niñas escuchaban y a veces una filosofaba con que el equilibrio cósmico era
también la galleta que sobrevivía, como una balsa, flotando en el Cola-Cao y
entonces El Pintor les hablaba de Heráclito y su convencimiento de que nunca nadie
bebería dos Cola-Caos iguales y que además era peligroso porque uno podía
contagiarse de la enfermedad del beso. Entonces una de las niñas, o quizás la
otra, respondía que todas las botellas de agua son iguales y entonces El Pintor
hablaba de la infinidad de plásticos que se hacen y de que él trabajaba desde
siempre en uno que resistiese el sofoco del sol como no lo resistió la cera en
las alas de Ícaro. A veces, mientras El Pintor hablaba, una niña, o quizás la otra,
veía saltar del mar a una sirena o a un afang pero no decía nada porque no
quería que al Pintor se le estropeara el cuadro, el cuadro que requería un mar
plano como las piedras que usaban para hacer el salto de la rana.
Terminaba la explicación y El Pintor indicaba a las niñas
que era el momento de hacer los ejercicios cuya ejecución era el motivo de esta
clase. Él volvía entonces a su lienzo y ellas se equivocaban en toda la tarea.
Y todos volvían amargamente felices.
El Pintor siempre hacía el mismo cuadro, un horizonte
despejado como el abismo entre las partículas y por eso la única regla era que
la clase se celebrase en un día luminoso. Y el cuadro nunca era el mismo. Y uno
de esos días, las niñas no vinieron. Entonces El Pintor apuró sus Ducados y
resolvió que sólo volvería en días de tormenta.
Una tarde sin regla una de las niñas regresó a la cala, o
quizás era la otra, y traía a un chico para amarse en el atardecer y todo sería
ideal y perfecto pero la arena picaba y fue un chasco. Entonces ella odió al
Pintor y los cuadros perdieron la luz.
La historia continuaría pero no sé cómo finalizó porque
esperando el desenlace acabé casándome con una chica de ojos de acuarela.

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