lunes, 25 de marzo de 2013

El Horizonte


 

A una foca de altura de una de las rocas verticales de la cala hay un saliente de dos mejillones de ancho y una anguila de largo. El Pintor venía en días luminosos y colocaba allí su lienzo y disponía sus acuarelas sobre un esqueleto de sepia a modo de paleta. Llegaba al alba y con el mar en calma y la malva tornasolando un horizonte del material con que se forjan las mareas.  De su labio inferior, excesivo, colgaba un Ducados que para él simbolizaba un tabaco marinero. Más tarde venían las chicas en su ciclomotor y con las risas o las legañas y las perlas en los dientes. Entonces El Pintor detenía su labor y procedía a la explicación.

La lección solía discurrir hacia la física y la química y los alambiques de la materia y El Pintor daba ejemplos de cómo se componen los nácares y de qué se sedimenta el litoral así como de la termodinámica de la orilla y de cómo la pleamar y la luna ejemplifican el equilibrio cósmico. Las niñas escuchaban y a veces una filosofaba con que el equilibrio cósmico era también la galleta que sobrevivía, como una balsa, flotando en el Cola-Cao y entonces El Pintor les hablaba de Heráclito y su convencimiento de que nunca nadie bebería dos Cola-Caos iguales y que además era peligroso porque uno podía contagiarse de la enfermedad del beso. Entonces una de las niñas, o quizás la otra, respondía que todas las botellas de agua son iguales y entonces El Pintor hablaba de la infinidad de plásticos que se hacen y de que él trabajaba desde siempre en uno que resistiese el sofoco del sol como no lo resistió la cera en las alas de Ícaro. A veces, mientras El Pintor hablaba, una niña, o quizás la otra, veía saltar del mar a una sirena o a un afang pero no decía nada porque no quería que al Pintor se le estropeara el cuadro, el cuadro que requería un mar plano como las piedras que usaban para hacer el salto de la rana.

Terminaba la explicación y El Pintor indicaba a las niñas que era el momento de hacer los ejercicios cuya ejecución era el motivo de esta clase. Él volvía entonces a su lienzo y ellas se equivocaban en toda la tarea. Y todos volvían amargamente felices.

El Pintor siempre hacía el mismo cuadro, un horizonte despejado como el abismo entre las partículas y por eso la única regla era que la clase se celebrase en un día luminoso. Y el cuadro nunca era el mismo. Y uno de esos días, las niñas no vinieron. Entonces El Pintor apuró sus Ducados y resolvió que sólo volvería en días de tormenta.  

Una tarde sin regla una de las niñas regresó a la cala, o quizás era la otra, y traía a un chico para amarse en el atardecer y todo sería ideal y perfecto pero la arena picaba y fue un chasco. Entonces ella odió al Pintor y los cuadros perdieron la luz.

La historia continuaría pero no sé cómo finalizó porque esperando el desenlace acabé casándome con una chica de ojos de acuarela.

 

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