jueves, 14 de marzo de 2013

Candescencia

Una ventaja de la orilla es que no hay combustión. Un inconveniente derivado de la ventaja es que no se puede hacer fuego. Un día los fenómenos habían causado una hoguera dentro de mí y aquello era un hermoso desastre y era preciso quemarlo fuera. Entonces busqué en la agenda a unas anguilas de mar y estaban online y me prestaron una chispa. Con una chispa y la astilla de un naufragio conseguí hacer un cigarillo que liberase mi ignición interior. El poniente de la noche colaboró a avivar el encendido. Y aquello prendió y entonces tuve mi cigarrillo. Y era una noche diferente, como especial era el motivo de la hoguera que me estaba asfixiando dentro, como el coloso en llamas de los dolores, y era diferente la noche porque las olas estaban de luto por mí y no sonaban y las caracolas dormían y las sardinas estaban en la vigilia que precede al espeto, como en cada crepúsculo del invierno. Así que fumé en un silencio extraordinario.
Intentaba no pensar, que es la forma más inequívoca de alimentar los pensamientos, y era tan rotundo lo que llevaba en las entrañas que el cigarrillo se acabó en seguida y lancé la colilla pero mi mano estaba débil, débil porque me había cortado con un aparejo, y el lanzamiento no llegó a la orilla. Pero en la orilla no hay combustión así que en ese silencio estruendoso pude ver cómo el anaranjado resto de mi cigarrillo se difuminaba despacio en la arena negra. Mi esperanza era que al apagarse pudiese reposar mi desasosiego, pero el mar es un laberinto que hiere más que cura. Así que se apagó el truco pero el farero me ha dicho que persistirá la pena. Como la sutura que duele tras la herida. Y las cenizas, esas cenizas, se mezclaron en la arena sin que nadie, que en rigor eras sólo tú, puedan leer su contenido.

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